¿El libre comercio y la subcontratación de empleos norteamericanos
incrementan inevitablemente la riqueza de todas las naciones?
Paul
Davidson
Editor
del Journal of Post Keynesian Economics
Original publicado en http://csf.colorado.edu/forums/pkt/2004I/msg00086.html
Traducción
de Alberto Supelano, asupelan@etb.net.co
¿La
subcontratación y la pérdida de empleos norteamericanos beneficiarán
finalmente a todas las naciones, como afirmó N. G. Mankiw, consejero
económico del Presidente Bush? Mankiw simplemente enuncia la teoría
económica predominante de que, en el largo plazo, el libre comercio de bienes
y servicios (incluidos los servicios del trabajo) produce más ingresos y
riqueza para todas las naciones. Incluso el anterior Presidente
norteamericano, Bill Clinton, en la última conferencia económica de Davos
expresó esta creencia cuando afirmó que los activistas contra la
globalización quieren “hacernos retroceder a una época que nunca existió,
a un camino que no puede ser
efectivo”.
La
teoría económica en que se basan afirmaciones como las de Clinton y Mankiw
es lo que los economistas llaman “la ley de las ventajas comparativas”.
¿Pero qué sucede si esta teoría de las ventajas comparativas, según la
cual una economía global con un comercio totalmente libre produce ganancias
de ingreso para todas las naciones, requiere condiciones lógicas que la hacen
inaplicable al mundo económico en qué vivimos? Se puede demostrar que esta
ley de la teoría de las ventajas comparativas tiene graves debilidades
lógicas que llevan a que la adopción de políticas basadas en ella sean
erróneas y peligrosas para la economía norteamericana.
Un
ejemplo convencional de libro de texto permitirá que el lector entienda
fácilmente el argumento de las ventajas comparativas. En este ejemplo hay dos
economías, Oriente, (es decir, países con trabajo barato como India y China)
y Occidente (países con alto costo del trabajo como los Estados Unidos).
Supongamos que hay un millón de trabajadores en Oriente y cien mil
trabajadores en Occidente. Cada economía produce dos posibles productos
transables: por ejemplo, bicicletas (que usan trabajo barato no calificado) y
computadores (que requieren trabajo calificado). En ausencia de comercio, los
1.100.000 trabajadores producen (y quizá sus empleadores pueden vender con
ganancias) un total de 375.000 bicicletas y de 55.000 computadores. Después
de que se establece el comercio, cada país se especializa en producir los
bienes en que tiene ventaja comparativa, y el supuesto resultado es que los
1.100.000 trabajadores producirán 400.000 bicicletas y 70.000 computadores.
Se
deduce entonces que aunque se emplea el mismo número de trabajadores
globalmente, como resultado del libre comercio el mundo gana un total de
25.000 bicicletas adicionales y de 15.000 computadores adicionales (aun cuando
Oriente tiene la ventaja absoluta de poseer una oferta barata casi ilimitada
de trabajo no calificado y calificado necesario para producir bicicletas y
computadores). En consecuencia, la teoría de las ventajas comparativas “prueba”
que el ingreso real de la economía global se incrementa, y con ello
proporciona mayor ingreso potencial a cada persona de la
economía de Oriente y de la economía de Occidente. Frente a esta “prueba”
de libro de texto de las ventajas comparativas, los pronunciamientos de
quienes están contra la globalización y de quienes quieren que la
Administración Bush emprenda acciones positivas contra la subcontratación de
empleos a China y India parecen ser un alboroto de necios ignorantes que no
entienden la economía simple, o la protesta de una fuerza de trabajo
occidental sindicalizada mimada y protegida (de la competencia).
Infortunadamente,
este análisis de las ventajas comparativas se basa en supuestos poco
realistas, por ejemplo, que con el libre comercio, la supuesta oferta
adicional de 25.000 bicicletas y de 55.000 computadores crea automáticamente
su propia demanda adicional. (¿Las compañías multinacionales de
automóviles no se alegrarían de saber que si aumentaran la capacidad
productiva global estableciendo plantas en países que tienen una ventaja
comparativa en ensamblaje de automóviles, venderían (con ganancias) todos
los automóviles que puedan producir? Nunca podría existir exceso de
capacidad, como hoy parece suceder.)
La
afirmación de que la oferta adicional siempre crea su propia demanda de
mercado adicional se conoce como Ley de Say y, como señaló el famoso
economista John Maynard Keynes, supone “que no hay ningún obstáculo para
el pleno empleo”. Keynes demostró que la Ley de Say no se podía aplicar a
las economías empresariales que usan dinero y que el pleno empleo no era un
resultado automático de la libre competencia de mercado. Por consiguiente, si
hay algo que los economistas deberían haber aprendido desde Keynes, es que no
se puede probar que habrá ganancias del libre comercio compartidas por todas
las economías que participan en el comercio a menos que se pueda asegurar que
hay pleno empleo en todas las naciones, antes y después del comercio.
Eso
nos lleva a un segundo problema de la aplicación de la ley de las ventajas
comparativas a la actual economía global. La teoría económica supone que
las ganancias del comercio debidas a la ventaja comparativa sólo aparecen si
no hay movilidad del capital ni del trabajo entre las fronteras nacionales. Si
hay movilidad internacional del capital –como es necesario para que las
empresas de negocios sean libres de producir en el extranjero
(subcontratación)– no se sigue lógicamente la prueba de que esta “ley de
las ventajas comparativas” asegura que todas las naciones ganan con el
comercio. Si el capital tiene libre movilidad, los bienes y servicios
transables se producirán donde sean más rentables geográficamente, es
decir, donde los costos unitarios del trabajo sean menores en la producción
de bicicletas y computadores. Si, en dicho mundo, los extranjeros tienen una
amplia oferta de trabajadores no calificados y calificados, la
subcontratación de toda la producción de bienes transables será un
fenómeno fácilmente observable.
Por
ejemplo, si Oriente tiene una ventaja absoluta en cuanto posee trabajadores no
calificados y calificados cuyos costos unitarios son significativamente
menores que los costos de trabajadores similares en Occidente, al tiempo que
Oriente tiene una amplia oferta de trabajadores para producir todas las
bicicletas y computadores que los mercados globales puedan absorber, Oriente
atraerá suficiente capital extranjero de Occidente para contratar a los
trabajadores domésticos que produzcan todas las bicicletas y computadores que
satisfagan la demanda del mercado global. En consecuencia, Oriente
experimentará una tremenda oleada de crecimiento del PIB. La producción y el
empleo de Occidente descenderán (o en el mejor de los casos se estancarán) y
la fuerza de trabajo de Occidente se empobrecerá dramáticamente a medida que
aumenten las tasas de desempleo de Occidente o los trabajadores de Occidente
se vean forzados a aceptar un salario real que sea competitivo con los
salarios que se pagan a la abundante oferta de trabajadores no calificados y
calificados de Oriente.
Es indudable que los políticos de Occidente deben ser más conscientes de lo que están propugnando para su fuerza de trabajo doméstica antes de aceptar ciegamente el “camino inevitable” de Clinton hacia la subcontratación en un mundo de libre comercio. Y, claro está, que estos políticos deben admitir que la aplicación indiscriminada de la ley de las ventajas comparativas puede ser peligrosa para la salud de Occidente y quizás incluso para la economía global.