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| Bush entrega EEUU a los 'Harvard boys' |
| El capital es lo único que importa en una
economía de mercado, es la nueva tesis. La vuelta a la época
'victoriana' es una de las claves del programa de Bush. Se trata de
crear una «sociedad de propietarios», en palabras del candidato. Lo
que no deja claro es qué pueden llegar a poseer los que ahora no
tienen ni para pagarse un seguro médico. |
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Por Pablo Pardo /
Washington
Hay que
olvidarse de los Chicago Boys, el famoso grupo de 25 economistas
chilenos que aprovechó la dictadura de Augusto Pinochet para poner
en práctica su visión sobre cómo debe organizarse una economía. Bajo
la inspiración de Milton Friedman (de la Universidad de Chicago, de
ahí viene el nombre) y Arnold Harshberger, estos economistas lo
privatizaron todo, incluyendo las pensiones.
Pero los Chicago
Boys son ya una cosa del pasado. Tanto por sus concepciones como por
sus escasas ambiciones. Ahora los que mandan son los Harvard Boys.
Estos van mucho más lejos. Quieren crear un tipo único fiscal y,
literalmente, desmontar, pieza por pieza, el Estado de bienestar de
los países desarrollados. Su tesis es que el capital es lo único que
importa en una economía de libre mercado y, por tanto, el trabajo -y
los trabajadores- son algo muy secundario.
Los Harvard Boys,
además, no van a ensayar sus teorías en ninguna dictadura
tercermundista. Su laboratorio, desde hace cuatro años, es EEUU. Su
Pinochet es George W. Bush. Su maestro, Martin Feldstein.Las teorías
de Feldstein han marcado el principal eje de la política económica
de EEUU: la política fiscal.
Sirviéndose de una mezcla de
oportunismo e ideología, el equipo económico de Bush ha modificado
el sistema impositivo reduciendo la presión fiscal sobre el capital
y manteniéndola sobre el trabajo.A cambio, no sólo no ha recortado
el gasto, sino que lo ha disparado.Y ha eliminado un enorme número
de regulaciones a la actividad de las empresas, sobre todo en los
ámbitos laboral y medioambiental.Todo combinado con una relajación
monetaria sin precedentes, dirigida por el también republicano Alan
Greenspan, presidente de la Reserva Federal.
El resultado
está a la vista. EEUU ha salido rápidamente del estallido de la
burbuja de la Bolsa de 2000. Ha superado el peligro de deflación. El
optimismo ha vuelto a Wall Street, animada este año por grandes
operaciones como el intento de compra de Disney por Comcast y la OPV
de Google, del estilo de las que no se veían desde hacía casi un
lustro. Y el PIB logrará su mayor tasa de crecimiento desde 1984.
Pero también ha tenido otras consecuencias.
El número de
pobres lleva creciendo tres años consecutivos y ya alcanza el 12,5%
de la población, es decir 35,9 millones de personas. Eso es
particularmente lacerante, porque el límite oficial a partir del
cual una persona se considera pobre en EEUU es un ingreso anual de
9.573 dólares -7.937 euros-, una cifra que puede mantener a un
asceta en una gran ciudad estadounidense, siempre y cuando esté
dispuesto a vivir debajo de un puente.
Los últimos datos del
Censo muestran que el país más poderoso de la Tierra tiene al Tercer
Mundo dentro de casa. El número de personas sin asistencia sanitaria
-en EEUU apenas hay sanidad pública y los pocos y pésimos hospitales
del Estado los están cerrando- ha alcanzado la marca de 43,6
millones de personas, el 15,2% de la población. La distribución de
la renta en EEUU es similar a la de la República Dominicana o Sierra
Leona, según el Banco Mundial.
La Administración no ha
contrarrestado sus grandes bajadas de impuestos -en 2001, 2002 y
2003- con recortes del gasto público.Todo lo contrario. En materia
fiscal, Bush se comporta «como un socialista», según el semanario
conservador The Economist.El gasto público ha crecido en los tres
primeros años de su Administración a una media anual del 8,2%, la
cifra más alta desde que en los años 60 Estados Unidos creó su
Estado de bienestar. El superávit presupuestario que el actual
presidente heredó de Clinton, y que equivalía al 1,7% del PIB en
2000, se va a convertir este año en un déficit corriente del 6%,
según el Fondo Monetario Internacional (FMI).
«La política de
Bush no es sostenible. Por un lado, se basa en el recorte de la
recaudación. Por otro, en el aumento del gasto.Reagan acabó subiendo
los impuestos, y en su primer mandato vetó 22 leyes del Congreso en
las que se incrementaba el gasto público.Bush no ha vetado ni una»,
ha explicado a este periódico Ted Halstead, director del centro de
estudios New America Foundation.
La Casa Blanca arguye que
sólo ha respondido a una serie de desafíos.El primero es lo que los
republicanos del Congreso llaman la recesión Clinton-Rubin, en
referencia al anterior presidente y a su secretario del
Tesoro
entre 1994 y 1999. En realidad, la recesión de 2001 no
existió -el PIB no cayó dos trimestres consecutivos, la definición
académica de una recesión- y, en cualquier caso, Bush ya había
convertido las bajadas de impuestos en el centro de su programa
económico en la campaña electoral de 2000, cuando la economía de
EEUU iba como un cohete.
Los republicanos también atribuyen
los problemas presupuestarios a la pérdida de confianza derivada de
los escándalos empresariales de 2001 y 2002, cuando se produjeron
las suspensiones de pagos de Enron y WorldCom, las mayores de la
Historia. Y, cuando todo lo demás falla, ahí está el 11-S. Ésa es la
madre de todas las excusas. Y también en economía. Sin embargo,
según el FMI, el impacto económico de esos ataques en EEUU no fue
mayor que el que tuvo en Japón el terremoto de la ciudad de Kobe en
1995, y nadie dice que la deflación, estancamiento, crisis del
sistema financiero y desempleo de la economía nipona en la segunda
mitad de los noventa se debieran a esa catástrofe.
La
política económica de Bush es tan ideológica como la semana laboral
de 35 horas del ex primer ministro francés Lionel Jospin.Y nunca lo
ha ocultado. En la campaña de 2000, cuando el presentador de la
cadena de televisión NBC Tim Russert le preguntó al entonces
candidato Bush «¿Abandonaría usted parte de su recorte de impuestos
para garantizar el equilibrio presupuestario?», obtuvo una respuesta
que deja escaso lugar para el debate: «No». En 2002, en un discurso
memorable, el vicepresidente Dick Cheney puso todavía más claras las
cosas: «El presidente Reagan demostró que los déficit no importan».
En otras palabras: EEUU puede seguir endeudándose hasta el infinito.
Las leyes que se aplican al resto de las economías del mundo dejan
de estar en vigor cuando se cruza el Río Grande (o el aeropuerto
JFK).
Es la neoeconomía, como la ha bautizado el ex
corresponsal de The Economist Tom Gallagher en su próximo libro,
Neoeconomía.La revolucionaria apuesta de George W. Bush con el
futuro de América.
Gallagher estudió en Harvard con Martín
Feldstein, así que conoce bien de lo que habla. La teoría de los
neoeconomistas es tan revolucionaria, arriesgada e ideológica como
la de los neoconservadores, el grupo que decidió que la mejor manera
de combatir el terrorismo era creando una democracia a cañonazo
limpio en Irak. Su tesis es que el capital debe estar libre de
impuestos. Sólo así se logrará ahorro suficiente para que haya una
gran inversión privada que sostenga un crecimiento económico
constante y sin inflación, un avance tecnológico imparable y un
fuerte aumento de la productividad.
Un mundo feliz en versión
económica. Y, además, pagado por los pobres. EEUU podría convertirse
en el primer país del mundo donde los pobres paguen más impuestos
que los ricos. Ésa es la tesis de los tres principales asesores
económicos de Bush: Glenn Hubbard, Greg Mankiw y Larry Lindsey. A
los tres les dirigió la tesis Feldstein en Harvard.
La
política económica de Bush se ha dirigido en esa dirección.Hasta
ahora, ha reducido la diferencia entre el tipo fiscal máximo y el
siguiente, ha eliminado la doble fiscalidad sobre los dividendos y
el impuesto de transmisiones y ha favorecido la amortización de
equipos.
Sin embargo, lo que funciona en los papers de
Harvard, publicados en el American Economic Review, no resulta en la
vida real. Pese a las bajadas de impuestos, los estadounidenses
siguen gastando más de lo que ganan. Normalmente, los imperios son
exportadores de capitales. De hecho, el último imperio endeudado fue
el español.Y ya sabemos cómo acabó. No hay superpotencia que resista
esta política económica.
Puede que los ricos hayan contratado
más chóferes, jardineros o chicas de la limpieza, pero el mercado
laboral no acaba de arrancar, y la tasa de paro está ahora
exactamente donde se encontraba con Clinton cuando fue reelegido en
1996. No sólo eso: las empresas están invirtiendo más, pero lo hacen
en China e India. Para reducir la catastrófica tasa de paro de los
trabajadores del sector manufacturero, a Mankiw no se le ha ocurrido
otro sistema más científico que proponer que los camareros de las
hamburgueserías sean considerados trabajadores del sector
manufacturero. A fin de cuentas, cuando alguien pone el BigMac en su
cajita de cartón, está manufacturando algo ¿o no?
La fórmula
de Harvard no está funcionando. «Pero esta gente son ideólogos. Y
los hechos les dan igual», ha explicado a EL MUNDO Ron Suskind,
autor del libro El Precio de la Lealtad (Península), en el que el
primer secretario del Tesoro con Bush, Paul O'Neill, lanza un feroz
ataque contra la Administración. De hecho, la revolución económica
de EEUU de Bush no ha hecho más que empezar.Lo bueno llega
ahora.
En su programa electoral para la reelección,
presentado el martes pasado, Bush propone privatizar una parte del
sistema de pensiones.En la actualidad, en EEUU las retenciones son
fijas, del 12,4%, hasta los 85.000 dólares, un nivel a partir del
cual ya no se pagan porque no se tiene derecho a jubilación. Bush
quiere que el 2,5% del salario se invierta en planes privados. En
teoría, la propuesta de Bush no obliga a nadie a invertir en planes
privados.Pero advierte que las pensiones no pueden darse por
garantizadas.El que quiera oír, que oiga.
Y en sanidad,
puesto que en EEUU nadie que quiera seguir viviendo va a la sanidad
pública, todo el sistema asistencial gira en torno a los seguros
privados. Normalmente, las empresas son las que pagan esas
prestaciones. Pero ahora, grandes grupos, como la cadena de
supermercados Wal-Mart, están diciendo a sus empleados que ellos se
deben pagar esos seguros. El problema es que un trabajador de
Wal-Mart probablemente nunca tenga dinero para costearse un seguro
médico.
Las obligaciones tributarias también van a cambiar.
En el caótico código impositivo estadounidense -todavía más confuso
que el español- es posible que una persona que esté en el segmento
de rentas más altas no pague nada a Hacienda, si aplica las
necesarias desgravaciones. Para evitarlo, está el Impuesto Mínimo
Alternativo, un tributo que fija un mínimo independientemente de las
desgravaciones que se apliquen. Alrededor de 2,5 millones de
estadounidenses de rentas altas lo pagan, y la cifra crece cada
año.
Esta vuelta a una sociedad victoriana es la clave de la
política de Bush. Se trata de crear una sociedad de propietarios, en
palabras del presidente. Lo que no queda claro es de qué pueden ser
propietarios los que no tienen dinero ni para pagarse un seguro
médico. Mientras tanto, el déficit sigue creciendo, y la
sostenibilidad de la recuperación sigue siendo cuestionada. «Tarde o
temprano, Bush tendrá que recortar el gasto», dice Halstead.
Mientras tanto, el experimento económico de los Harvard Boys seguirá
adelante.
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