El Maestro se sale de tono
Paul Krugman
Original publicado en The New York Times, 6 de junio de
2004, http://www.nytimes.com/2004/06/06/magazine/06GREENSPAN.html?ex=1092542400&en=917ee6fe39537571&ei=5070
Traducción de Alberto Supelano, asupelan@etb.net.co
“A mi juicio, ha llegado el momento de considerar una estrategia
presupuestal consistente con un suavizamiento preventivo de la trayectoria a
deslizarse hacia una deuda federal nula o, en forma más realista, al nivel de
deuda federal que sea un mínimo irreductible efectivo”. Traducción:
Adelante y recorten los impuestos.
Con esas palabras, pronunciadas en su testimonio al
Senado el 25 de enero de 2001,
Alan Greenspan –reverenciado durante los noventa como el arquitecto no
partidista de la prosperidad de los Estados Unidos– se insertó
decididamente en la política, al lado de George W. Bush. El presidente de la
Reserva Federal no respaldó específicamente los planes de Bush, pero sus
palabras eran exactamente las que Bush necesitaba. Antes de su testimonio,
muchos observadores políticos se preguntaban si el vencedor en una elección
disputada podría conseguir un enorme y polémico recorte de impuestos a
través del Congreso. Después de que Greenspan se pronunció, se derrumbó
gran parte de la resistencia.
Sin embargo, en retrospectiva sabemos que “el juicio”
de Greenspan –que los recortes de impuestos eran necesarios para evitar
excedentes presupuestales excesivos– fue un juicio equivocado de
proporciones rumsfeldianas. De hecho, Estados Unidos se encamina hacia un
déficit presupuestal de más de $400 mil millones este año, más de la mitad
como resultado de los recortes de impuestos aprobados desde que Greenspan dio
su apoyo a Bush.
Greenspan es todavía un personaje con un prestigio y un poder enormes; es a la política económica lo que J. Edgar Hoover fue una vez al cumplimiento de la ley. Después de 17 años como presidente de la Fed, Greenspan se ha convertido en un ícono, y es difícil imaginar a los Estados Unidos sin él; de hecho, el mes pasado el presidente lo nombró para un quinto período. Pero su reputación ya no es la de antes. En la cúspide de la expansión, era el maestro monetario y se pedía su consejo acerca de muchos aspectos de política económica. Ahora su récord como líder monetario está en cuestión, y su juicio sobre política fiscal ha resultado desastrosamente erróneo. Aún peor, parece haber abandonado la larga tradición que pone a la Fed por encima de la contienda política.
La fabricación de un Maestro
El éxito del Maestro Greenspan obedece, sin
discusión, a que es un hombre muy inteligente. También tuvo mucha suerte.
Tuvo la buena fortuna de seguir a un ilustre
predecesor. Paul Volcker asumió el cargo en una época de inflación de dos
dígitos. Durante los ocho años como presidente de la Fed, Volcker domó la
inflación y condujo al mundo a través de una grave crisis financiera, luego
supervisó una potente recuperación económica. Al convertirse en presidente
en agosto de 1987, Greenspan heredó una economía saludable y un cargo cuyo
prestigio nunca había sido más alto.
Aumentó ese prestigio con su rápido y hábil manejo
del derrumbe de la Bolsa de octubre de 1987. Pese a ello, a comienzos de los
noventa pocos habrían considerado a Greenspan como un gran presidente de la
Fed. Cuando la economía se frenó en 1990, la Fed de Greenspan fue cogida por
sorpresa y fue demasiado lenta para reaccionar reduciendo las tasas de
interés. Lo que resultó fue una breve pero seria recesión que, entre otras
cosas, aseguró la derrota electoral del primer George Bush. (Algunos
analistas de Wall Street sugieren que el segundo George Bush demoró el
último nombramiento de Greenspan para presionarlo para que mantuviera bajas
tasas de interés hasta después de la elección.)
Pero entonces llegó el gran boom.
Greenspan empezó a sortear ese boom reduciendo las tasas de interés una vez entendió que la economía se estaba debilitando, pero cualquier presidente de la Fed habría hecho la misma cosa. Después de que empezó la recuperación, siguió de nuevo el procedimiento operativo estándar. William McChesney Martin, quien fue presidente de la Fed de 1951 a 1970, dijo atinadamente que la tarea de la Fed es retirar el licor cuando la fiesta realmente va bien –es decir, elevar las tasas interés y reducir la expansión de la economía antes de que el boom se convierta en una espiral inflacionaria. Greenspan elevó obedientemente las tasas de interés durante 1994.
Pero cuando el boom continuó y la tasa de desempleo
cayó a niveles muy bajos, hizo algo inesperado: nada.
Alrededor de 1994, algunos hombres de negocios
empezaron a hablar de una “nueva economía,” en la que ya no se aplicaban
las antiguas reglas. En los setenta y los ochenta, una tasa de desempleo
inferior al 6% indicaba una economía recalentada, a las puertas de la
inflación. Los defensores de la nueva economía pretendían, sin embargo, que
esto ya no era válido –que gracias a la aceleración del
crecimiento de la productividad y al aumento de la competencia era
posible acercarse más al pleno empleo sin desencadenar la inflación.
A diferencia de la mayoría de los economistas de esa
época, Greenspan tomó en serio esas pretensiones. Y efectivamente, los
optimistas acertaron. Durante los seis años siguientes el desempleo cayó al
4 por ciento, un nivel que no se había visto en 30 años, y sin embargo la
inflación se mantuvo en reposo. Greenspan no creó el milagro económico de
los noventa, pero –para su buena reputación– no lo obstaculizó. Y por
ello su nombre llegó a asociarse con la expansión.
El problema de la burbuja
“¿Pero cómo sabemos cuándo la exuberancia
irracional ha escalado indebidamente los valores de los activos, que luego se
convierten en tema de contracciones inesperadas y prolongadas, como sucedió
en Japón durante la última década?” Greenspan hizo esta pregunta en
diciembre de 1996, expresando su preocupación porque se
estaba formando una burbuja en el mercado de acciones. Tenía razón
para pensar así: las medidas tradicionales de valoración de las acciones,
como la relación entre el precio y las utilidades, se estaban saliendo
rápidamente de las gráficas, y la sicología de los inversionistas ya estaba
empezando a alarmar a quienes conocían la historia económica de los años
veinte.
El discurso de la “exuberancia irracional” de Greenspan pretendía
claramente advertir a los mercados. Inmediatamente después, elevó
ligeramente las tasas de interés, de nuevo con la clara intención de enviar
una señal de advertencia a los inversionistas. Pero luego retrocedió. No
hubo ningún otro incremento de las tasas, y Greenspan empezó a elogiar los
logros de la economía. Mala advertencia: su primer instinto fue correcto. Era
una burbuja, después de todo.
Los críticos dicen que al haber permitido que la
burbuja creciera sin control, Greenspan no sólo montó el escenario para las
pérdidas de mercado futuras sino también para los problemas de la economía
en su conjunto. Greenspan replica que la Fed no puede fijar metas de precios
de las acciones fijando las metas de inflación, debido a que no se puede
saber si un mercado alcista es una burbuja hasta que estalla. La Fed –dice
él– no debe considerar los precios de los activos como parte de su informe.
¿Tiene razón?
Cuando la burbuja estalló, la economía de Estados
Unidos entró en recesión, tal como temían los críticos de la inacción de
Greenspan. Pese a ello, si hubiese sido capaz de llevar nuestra economía a
una rápida y sólida
recuperación, su posición se habría reivindicado claramente. Pero aunque la
recuperación fue rápida –oficialmente, la recesión de 2001 sólo duró
ocho meses– no fue sólida. Por otra parte, si la economía hubiese caído
en una trampa deflacionaria como la del Japón, se habría demostrado
claramente que Greenspan estaba equivocado. Sin embargo, eso no sucedió. En
los últimos meses, la recuperación finalmente empezó a parecer algo real.
Parece que hemos evitado el síndrome japonés, por lo menos esta vez.
En suma, pienso que los críticos tienen razón y que
Greenspan está equivocado. Evitamos llegar a una situación con la del Japón
después de que la burbuja se reventó, pero estuvimos cerca de fracasar: con
tasas de interés inferiores al 1%, la Fed estuvo cerca de quedarse sin
municiones antes de que la economía cambiara de dirección. Y aunque la
economía finalmente está mejorando, en los últimos tres años millones de
trabajadores estadounidenses perdieron sus ahorros y sufrieron la indignidad y
la angustia financiera de un desempleo prolongado –padecimiento que se
habría podido evitar si Greenspan hubiera desinflado la burbuja antes de que
hubiese crecido tanto.
Pero es probable que esta discusión dure para siempre.
Dentro de cincuenta años, los historiadores económicos aún estarán
discutiendo si el desempeño de Greenspan como administrador monetario merece
una A o una B. Lo que no discutirán es la culpabilidad de Greenspan en el
hundimiento de Estados Unidos en el déficit.
El Presidente Partidista
Como vimos, en los primeros días de la administración
Bush, Greenspan dio un apoyo y un aliento decisivos al nuevo presidente,
apremiando al Congreso para que redujera los impuestos con el fin de evitar
excedentes presupuestales excesivos. Después de tres años y de al menos $900
mil millones de deuda adicional, ese argumento parece ridículo. Y además de
dar un mal consejo, Greenspan se empeñó en un comportamiento muy
cuestionable. Desde entonces, en vez de arrepentirse, ha reincidido en el
pecado.
Como institución, la Reserva Federal está constituida
más como la Corte Suprema que como una agencia ordinaria del gobierno. Los
miembros de la Junta de la Reserva Federal duran largos períodos en su cargo;
los presidentes normalmente permanecen durante varias administraciones de
ambos partidos. Hay una razón para esto: los economistas suelen argumentar
que la Fed, igual que la Corte Suprema, debe estar aislada del proceso
político para que pueda tomar decisiones necesarias pero impopulares. El quid
po quo de este aislamiento, sin embargo, es que la Fed debe mantenerse por
encima de la contienda política. Igual que los magistrados de la Corte
Suprema, los miembros de la junta de la Fed debilitan la justificación de su
independencia si utilizan su poder para propósitos partidistas.
¿El testimonio de 2001 fue partidista? Sí. Greenspan
argumentó, con base en proyecciones del presupuesto –qué él debe saber
que son muy poco confiables–, que el gobierno federal pagaría todas sus
deudas en pocos años. Si esto sucediera, el gobierno se vería forzado a
invertir los excedentes futuros en los mercados financieros, lo que –argumentaba
él– sería una mala cosa. Para evitar este resultado –sostenía él– se
tenían que reducir los excedentes con recortes de impuestos.
Era un argumento peculiar, tortuoso y lleno de
agujeros. Por ejemplo, la privatización parcial de la Seguridad Social –a
la que Greenspan apoya– impondría “costos de transición” de billones
de dólares, que fácilmente subsanarían el supuesto problema de los
excedentes presupuestales excesivos.Como muchos advirtieron en su momento,
Greenspan también estaba completamente equivocado acerca de las perspectivas
presupuestales –las proyecciones de enormes excedentes fueron rápidamente
sustituidas por proyecciones de enormes déficit.
Por encima de todo, el argumento del temor de Greenspan
a los excedentes estaba en total contradicción con lo que había dicho en el
pasado. Durante los años de gobierno de Clinton, Greenspan predicó las
virtudes de la austeridad fiscal, y no modificó sus opiniones cuando
desaparecieron los déficit presupuestales de los ochenta y comienzos de los
noventa. Exactamente seis meses antes de su testimonio de 2001, Greenspan no
veía ningún problema en los elevados excedentes presupuestales proyectados.
“El Congreso y la administración”, dijo en julio de 2000, “han evitado
sabiamente las medidas que reducirían materialmente estos excedentes
presupuestales. La continuación de la disciplina fiscal contribuirá a
mantener una robusta expansión de la economía estadounidense en el futuro”.
Pero luego entró un republicano a la Casa Blanca, blandiendo una propuesta de
recortes tributarios –y Greenspan desarrolló súbitamente una teoría
detallada de por qué era necesario reducir esos excedentes, después de todo.
Cualquier duda de que Greenspan apoyó a George Bush con estándares
diferentes de aquellos con las que respaldó a Bill Clinton se disipó en los
años siguientes. No exigió reconsiderar el recorte tributario de 2001 cuando
el excedente presupuestal desapareció. No hizo fuertes objeciones a la
segunda gran ronda de recortes tributarios de 2003, cuando el presupuesto ya
estaba en un profundo déficit.
Desde entonces, Greenspan ha vuelto a advertir contra
los males de los déficit presupuestales. Pero aún no ha llamado a
reconsiderar los recientes recortes de impuestos; al contrario, ha respaldado
el plan de Bush para que los recortes tributarios sean permanentes. En cambio,
pide reducir el gasto y da énfasis a la necesidad de ajustar las prestaciones
de la Seguridad Social. En el testimonio que Greenspan dio en febrero de 2001
garantizó a los senadores nerviosos que los recortes de impuestos no
amenazarían las prestaciones futuras de la Seguridad Social.
Pero lo que es aún peor. Antes de que se convirtiera
en presidente de la Fed, Greenspan encabezó una comisión que recomendó
modificar la Seguridad Social para garantizar su futuro. La recomendación
más importante, adoptada por Congreso, fue la de incrementar los impuestos a
la nómina –un impuesto regresivo que recae más fuertemente sobre las
familias de ingresos bajos y medios que sobre las familias acomodadas. El
propósito ostensible era generar un excedente en el sistema de Seguridad
Social, creando un fideicomiso para pagar las prestaciones una vez se
pensionaran los que nacieron durante la explosión demográfica.
Ése fue el cebo; hoy Greenspan ha jalado el sedal. La
secuencia es la siguiente: a través de un aumento de los impuestos presionó
a los trabajadores estadounidenses, generando un excedente en la Seguridad
Social. Luego utilizó el excedente total, proveniente ante todo de la
Seguridad Social, para defender recortes de impuestos que dan muy poco alivio
muy pequeño a la mayoría de las personas pero que son considerables para
quienes ganan más de $300,000 al año. Y ahora que esos recortes tributarios
han contribuido a disparar el déficit , quiere mantener los recortes de
impuestos reduciendo las prestaciones de la Seguridad Social. Nunca dijo, “¡Elevemos
los impuestos y recortemos los beneficios de las familias trabajadoras para
que podamos conceder grandes recortes tributarios a los ricos!” Pero ése es
el resultado final de sus consejos.
¿Por qué lo hizo? Hay dos interpretaciones posibles.
La más generosa es que nunca abandonó los ideales de su época de juventud.
A sus 40 años, Greenspan era acólito de Ayn Rand, la novelista y filósofa
libertaria, y Greenspan nunca ha repudiado su asociación con Rand. No
obstante, durante el gobierno de Clinton llegó a ser considerado como un
moderado. Quizá fuese una máscara, y todos esos años estuvo esperando una
oportunidad para usar el prestigio de su cargo para debilitar a las odiadas
instituciones del Estado de bienestar.
La interpretación menos generosa es simplemente que
Greenspan abusó de su posición para ayudar a sus amigos. Kenneth Thomas,
profesor de finanzas en la Wharton School, calculó que Greenspan visita la
Casa Blanca cerca de una vez a la semana, como informó el Christian
Science Monitor el mes pasado, casi cuatro veces más de lo que solía
cuando Clinton era presidente.
Parte del genio de los operativos políticos de George
Bush es su habilidad para persuadir a las personas (Colin Powell, Tony Blair)
de que traicionen sus principios, digan y hagan cosas que luego lamentarán,
en apoyo de una supuesta causa compartida. Paul O’Neill, primer secretario
del tesoro de Bush, cabe en la misma categoría: era un republicano moderado
que durante un tiempo jugó a ser buen soldado, defendiendo los recortes de
impuestos de Bush a pesar de sus escrúpulos privados, para ayudar al nuevo
presidente –un hombre que en su opinión compartía sus valores– y darle
una victoria política inicial. Y adivinen qué: O’Neill era amigo íntimo
de Greenspan.
Según el libro de Ron Suskind, El precio de la
lealtad, escrito en cooperación con O’Neill, Greenspan le dijo a O’Neill
que un recorte de impuestos sin disparadores –es decir, sin condiciones que
cancelaran el recorte si los excedente proyectados no se materializaban– era
una “política fiscal irresponsable”. Sin embargo, Greenspan nunca se
opuso en público a un recorte de impuestos carente de disparadores, quizás
porque no quiso causar problemas a su amigo O’Neill. Y en el momento en que
entendió cuán irresponsable era realmente el recorte de impuestos, quedó
atrapado –muy profundamente asociado con las políticas de la
administración para modificar el curso sin afrontar pérdidas.
De cualquier modo, Greenspan hizo algo memorable.
Después de convertirse en símbolo del repunte económico estadounidense de
los noventa, y ungiéndose como alto sacerdote de la probidad fiscal de la
nación, prestó ayuda y aliento cruciales a la administración fiscalmente
más irresponsable de la historia. Al final, ese será su legado más
importante.
Paul
Krugman es columnista de Times y profesor en Princeton. Su último libro es La
gran descomposición: perdiendo nuestra vía en el nuevo siglo ('The
Great Unraveling: Losing Our Way in the New Century).