REVISTA DE LA CEPAL
Raúl Prebisch*
En todos sus escritos recientes, el
autor ha sostenido que el pensamiento neoclásico no sólo es incapaz de explicar
la estructura y funcionamiento del capitalismo en la periferia, sino que
orienta de manera equivocada las decisiones de política económica. En este
artículo vuelve sobre esas ideas, formulándolas como si surgieran en el curso
de un diálogo sostenido con seguidores de los dos principales mentores
contemporáneos de aquel pensamiento; de esta manera puede presentar sus puntos
de vista con la fluidez y sencillez de que a menudo carecen los escritos
estrictamente académicos.
A su juicio, la incapacidad del
pensamiento neoclásico para interpretar al capitalismo periférico radica sobre
todo en que no toma en consideración al excedente económico, en tomo al cual
giran los rasgos básicos de este sistema. En efecto, desconoce la
heterogeneidad estructural que hace posible la existencia del excedente; deja
de lado la estructura y dinámica del poder que explican la apropiación y
compartimiento del mismo; no advierte el mecanismo monetario productivo que
hace posible su retención por los estratos superiores; y no evalúa
adecuadamente el desperdicio que implican las formas actuales de uso del mismo.
Esta miopía en la interpretación del
proceso económico inclina al pensamiento neoclásico a proponer medidas de
política que no logran impulsar el desarrollo de la periferia, aumentan y
consolidan la desigualdad social y requieren el establecimiento de regímenes
autoritarios, en franca contraposición al ideario liberal-democrático. La
necesaria transformación del capitalismo periférico, que el autor propone, debe
mantener los valores e instituciones democráticas y, a la par, lograr un
vigoroso desarrollo económico y una distribución equitativa de sus frutos.
I
Las ideas de Milton Friedman
1. Sus grandes
lineamientos
En el movimiento
oscilatorio de las ideologías presenciamos ahora el reverdecimiento del
neoclasicismo, y corresponde a Milton Friedman el
mérito de ser su supremo divulgador. Venía leyendo de tiempo atrás sus diversos
trabajos, pero no me convencían en modo alguno sus razonamientos y
proposiciones, hasta que apareció su libro Free to
Choose, escrito en colaboración con Mrs. Friedman. Me sentí atraído
por su lectura, pues me parecía que allí se presentaban en forma completa las
ideas del prominente economista. Recorrí atentamente sus páginas, dispuesto a
enmendar mis primeros juicios, pero confieso que tampoco ahora me convencieron;
antes bien, fortalecieron mi posición francamente crítica.
Reconozco, sin
embargo, que el libro es admirable por su diafanidad y fuerza persuasiva; y
también por sus frecuentes incursiones anecdóticas. Comprendo muy bien su poder
de penetración. Nos ofrece en verdad Milton Friedman
soluciones claras y simples a los inquietantes problemas del mundo económico:
déjese obrar libremente las fuerzas de la economía, suprímanse las
restricciones con que empresas y trabajadores trastornan su funcionamiento,
elimínense la protección aduanera y demás trabas que se oponen a la división
internacional del trabajo, y veremos surgir por doquier la prosperidad y la
justicia distributiva. Nada de frenos a la actividad económica, pero sí al
crecimiento del Estado: hay que ponerle un límite constitucional. y hay también
que poner topes a la expansión monetaria que ha llevado a una inflación crónica
y desquiciadora.
¿Cómo no dejarse
cautivar por la prédica de un economista que, sobre aquel mérito señalado, ha
tenido su más elevada consagración académica al recibir el Premio Nobel, así como lo obtuvo el Dr. von
Hayek, de quien también nos ocuparemos?
Tiene sin duda el
profesor de Chicago innumerables adeptos; he encontrado muchos de ellos en
nuestros países y, sobre todo, entre las nuevas generaciones que salen de las
universidades de los Estados Unidos, especialmente de aquella donde predica
Milton Friedman. y con frecuencia tuve oportunidad de
conversar con algunos de ellos, si bien no con todos, pues son numerosos. Hay,
además, entre ellos quienes, hondamente persuadidos de una verdad
incontrastable, no se dignan discutir siquiera con quienes profesan ideas
diferentes. Pero hay otros, tampoco escasos por cierto, que aceptan la
discusión, tal vez estimulados por algunas dudas insidiosas que surgen de otras
lecturas.
Con frecuencia
también tengo la oportunidad de dialogar con estos últimos; más bien diría el
privilegio, pues el diálogo con quienes tienen algo que decir o preguntar me
resulta siempre estimulador, tanto que he creído conveniente reflejarlo en
estas páginas. Hubiera sido tedioso reproducirlo con meticulosidad, pues los
argumentos se repiten; por consiguiente he procurado tomar lo esencial de ellos
y presentarlos en un cierto orden expositivo que no siempre es posible
conseguir en el curso muy movido de varias conversaciones. Al hacerlo así he
creído conveniente no encerrarme en una critica estrictamente académica, sino
seguir el mismo tono de divulgación que caracteriza el mencionado libro de
Milton Friedman.
Al presentar los
principales lineamientos del diálogo, espero llegar a los muchos que están
ansiosos por esclarecer su propio pensamiento frente a la grave crisis
planetaria que estamos viviendo.
Antes de comenzar las
discusiones, he creído conveniente cerciorarme de si es Correcta mi
interpretación del contenido del pensamiento esencial de Milton Friedman, el que a mi juicio podría resumirse de la
siguiente manera:
— El libre juego de
las fuerzas del mercado, sin interferencia alguna en un régimen de plena
competencia, lleva a la mejor asignación de los factores productivos ya la
remuneración de estos factores según su aportación al proceso productivo.
— Para que ello
suceda, es indispensable evitar las restricciones a la libre competencia.
Restricciones que se manifiestan tanto en la combinación de las empresas para
aumentar los precios, como en las de la fuerza de trabajo para elevar sus
remuneraciones.
— El Estado debe ser
absolutamente prescindente, si bien se reconoce la necesidad de aliviar la
suerte adversa de quienes en el juego de la competencia quedan en el fondo del
sistema. De ahí el impuesto negativo (para no decir subsidio) que propone
Milton Friedman.
— Finalmente, hay que frenar la inflación
regulando la creación de moneda y evitando el déficit fiscal de donde surge
aquélla. De allí también la necesidad ineludible de limitar el crecimiento del
gasto público.
Debo advertir que me he limitado a
considerar los puntos anteriores sin entrar al examen de otros aspectos sobre
los cuales suele versar la crítica científica, tales como la naturaleza y
comportamiento de los agentes económicos y ciertos supuestos relativos al
funcionamiento del mercado.
Sin menoscabar el esfuerzo proselitista
de Milton Friedman sostengo que no se trata de nuevas
ideas, sino de una divulgación inteligente del pensamiento neoclásico elaborado
durante la segunda mitad del siglo XIX. En cuanto a mí, personalmente, confieso
que me he nutrido también de ese pensamiento, y lo he expuesto como joven
profesor universitario en los años veinte. y hasta llegué a traducir entonces
un pequeño libro italiano de un brillante discípulo de Vilfredo
Pareto, en donde se exponía con lúcida claridad la
teoría del equilibrio general.[1]
Pues bien, todo está en aquellos libros
neoclásicos, incluso la idea del subsidio a los pobres, y también la
proposición de limitar la creación de circulante que se deriva de la vieja y
muy zarandeada teoría cuantitativa de la moneda.
No deja de ser extraña, en verdad, la
persistencia dogmática de ciertas ideas, como éstas de apología del
capitalismo, así como de otras contrarias que surgieron también en la segunda
mitad del siglo pasado. Muy singular resulta este estancamiento intelectual,
por lo menos en lo que concierne al desarrollo.. si se lo compara con la
impresionante evolución de las otras disciplinas científicas. ¿Qué ha sucedido?
No me cabe duda alguna que tras esa
persistencia ideológica, se encuentra el impulso, a veces formidable, de
ciertos intereses. No digo que el pensamiento primigenio de las grandes teorías
del neoclasicismo haya brotado de tales intereses, ni que ello explique la
obstinación dogmática de algunos seguidores de hoy. Las teorías neoclásicas
significaron en su tiempo un gran adelanto científico, sobre todo por su
precisión y su elegancia matemática; pero su perdurabilidad responde en gran
parte al juego de intereses.
Así, la teoría de la
división internacional del trabajo, cuya crítica emprendió la CEPAL desde sus
primeras publicaciones hace treinta años, respondía cabalmente a los intereses
do los grandes centros y de los estratos superiores de la periferia
latinoamericana. Sorprende que ahora se pretenda volver a ella y retroceder en
el desarrollo. Así mismo, el juego de intereses explica la adhesión ferviente
de ciertos grupos sociales de nuestros países a la doctrina de Milton Friedman, por cuanto ella repudia la acción perturbadora de
los movimientos sindicales. Más aún, en nombre de la libertad del mercado se
abren las puertas a las empresas transnacionales, que no suelen ser
precisamente la expresión más genuina de la libre competencia.
Explícase así que la
propagación del neoclasicismo cuente en estos momentos con la ayuda
impresionante de la televisión que difunde desde los Estados Unidos en el ancho
suelo de América Latina, y de una manera muy hábil y penetrante, ciertas
ideologías cuya propagación no suele estar inspirada en un genuino propósito de
exaltación científica.
Formuladas estas
observaciones iniciales, abordaremos ahora el diálogo. Me referiré a la falta
de correspondencia de las teorías neoclásicas con la realidad de la periferia.
En cuanto a su significación en los centros, hay críticas demoledoras, y no
cabría aquí explayarnos sobre ellas. Nos ocuparemos primero de Milton Friedman y después del Dr. von Hayek. Podría haberlos considerado simultáneamente por las
grandes coincidencias que poseen sus escritos, pero he preferido dedicar
particular atención al segundo al final de este trabajo, donde examino
especialmente su concepción acerca del Estado y la libertad.
2. Las leyes del
mercado
Ante todo quisiera
mencionar una página que condensa el pensamiento de Milton Friedman
acerca de las virtudes del mercado. Ella se inspira en Adam
Smith, fuente primordial del pensamiento neoclásico.
Dice nuestro autor
El mérito de Adam Smith consistió en reconocer
que los precios que se establecían en las transacciones voluntarias entre
compradores y vendedores —para abreviar, en un mercado libre podrían coordinar
la actividad de millones de personas, buscando cada una de ellas su propio interés,
de tal modo que todas se beneficiasen. Fue una brillante idea en aquel tiempo,
y lo sigue siendo ahora, que el orden económico pudiese surgir como una
consecuencia involuntaria de los actos de varias personas en busca, cada una,
de su propio interés.
El sistema de precios
funciona tan bien, con tanta eficacia que la mayoría de las veces no nos damos
cuenta de ello. No nos percatamos de lo bien que funciona hasta que se le
impide hacerlo, e incluso entonces nos cuesta reconocer el origen del problema”.[2]
Más adelante agregan:
Los precios desempeñan
tres funciones en la organización de la actividad económica: primero,
transmiten información; segundo, aportan el estímulo para adoptar los métodos
de producción menos costosos, y por esa razón inducen a emplear los recursos
disponibles para los propósitos más rentables; tercero, determinan quién
obtiene las distintas cantidades del producto —la llamada distribución del
ingreso. Estas tres funciones están íntimamente relacionadas.[3]
Y acerca de la distribución del ingreso,
expresan:
Se ha tratado de separar esta función del
sistema de precios —la distribución del ingreso de las demás funciones—,
transmitir información y procurar incentivos. Gran parte de la actividad
gubernamental durante las pasadas décadas en los Estados Unidos y otros países
de economía principalmente de mercado, tuvo por objeto alterar la distribución
del ingreso que genera el mercado, con el fin de lograr una distribución de la
renta distinta y más equitativa. Existe una fuerte corriente de opinión que
presiona en este sentido.[4]
La lectura de estas
páginas es el punto de partida de nuestro diálogo. y en los escarceos de este
diálogo surge casi siempre esta pregunta:
— ¿Por qué objeta usted estas ideas que
Milton Friedman presenta con tanta claridad?
— Permítanme que antes de presentar mis
objeciones les formule una pregunta para comprender bien la interpretación de
ustedes. ¿Cómo creen que opera esa ‘mano invisible’ de Adam
Smith, según la cual el interés económico de los
individuos lleva a soluciones que benefician a toda la colectividad?
— Para nosotros es
evidente. El empresario individual, impulsado por el incentivo de ganancia,
introduce innovaciones técnicas que aumentan la productividad y reducen los
costos. Esto tiene dos consecuencias; por un lado, le lleva a aumentar la
producción para ganar más; y por otro, en un régimen de competencia, otros
empresarios se empeñan en hacer lo mismo. De este modo se acrecienta la
producción, y ello trae aparejado el descenso de los precios. O sea que,
para usar la expresión que usted emplea en sus trabajos, el fruto del progreso
técnico se traslada a los consumidores. y se tiende a llegar a una
posición de equilibrio donde la ganancia desaparece, y sólo queda la
remuneración de los empresarios por su trabajo y el riesgo que han corrido. A
nuestro juicio, este razonamiento es irrebatible. ¿No le parece a usted?
— Indudablemente lo
es desde el punto de vista de empresas aisladas. Pero examinemos nuestro asunto
desde el punto de vista de la dinámica del crecimiento global. ¿Les parece bien
a ustedes ?
— Por supuesto. El
fenómeno global es la suma de las partes, y como tal: ¿por qué no habría de
presentarse asimismo la tendencia al equilibrio?
— Creo que hemos
llegado a un punto muy importante. Según ustedes, esta tendencia se manifiesta
en el aumento de la oferta que hace descender los precios hasta equipararlos
con los costos. Pero el aumento de la oferta no instantáneo. El proceso
productivo requiere cierto tiempo, desde la producción d¿ materia prima hasta
que aflora el bien terminado en el mercado. Durante este proceso, destinado a
producir bienes futuros, las empresas pagan a la fuerza de trabajo ingresos
superiores a los ingresos pagados con anterioridad, y que constituyen el costo
de la oferta de bienes presentes. ¿Es así?
— Conforme, si bien
se trata de un razonamiento muy simplificado.
— Bien. Podría
complicarlo, si ustedes así lo desean. Aunque no me parece necesario. Prosigo.
De esos ingresos que así pagan los empresarios en el curso del proceso
productivo, surge la demanda de los consumidores. Cuando se trata de una
empresa aislada, esta demanda se diluye en la amplitud del mercado; y sólo en
medida insignificante recae sobre los bienes finales que produce la empresa
considerada. No tiene pues por qué afectar esa tendencia hacia el equilibrio
que ustedes postulan. Pero cuando se considera en cambio el crecimiento global
que caracteriza al desarrollo, el fenómeno es diferente.
— ¿Por qué va a serlo
si se trata de la suma de las partes, esto es del conjunto de empresas?
— Por una razón muy
sencilla. Cuando se trata del conjunto de empresas, el aumento de los ingresos
que surgen de una creciente producción en proceso incrementa la demanda global
que se extiende a todos los bienes, aunque en grados muy diversos. Pero no se
trata evidentemente de los bienes que aún están en proceso, esto es, de los
bienes futuros que saldrán oportunamente de esa producción en proceso, sino de
los que forman la oferta presente. Es una demanda que surge de ingresos que,
como acabo de decir, son superiores a los contenidos en el costo de los bienes
de la actual oferta.
Esta mayor demanda es
l0 que permite absorber el fruto del incremento de la productividad sin que
bajen los precios.
Tengan en cuenta que
esta mayor demanda se expresa mediante la creación de dinero por el sistema
bancario, y cuando la oferta de bienes finales sale al mercado, las empresas
recuperan no sólo el dinero que antes habían pagado para obtener dicha oferta,
sino también el incremento de dinero con que pagan los ingresos
correspondientes al acrecentamiento de la producción en el proceso que se está
desenvolviendo. Este incremento de dinero vuelve pues a las empresas como
ganancia, y así pueden ellas apropiarse del fruto de la creciente
productividad.
Reflexionen ustedes
que estamos considerando un fenómeno dinámico, un fenómeno de producción
creciente que no se daría en una situación estacionaria.
— Si le hemos
comprendido bien, en este fenómeno dinámico tiene gran importancia la expansión
de los ingresos y de la demanda, con la consiguiente expansión monetaria.
— Efectivamente, sin
ello no podrían sostenerse los precios. No encontrarían ustedes una explicación
semejante en las teorías neoclásicas. En estas teorías se atribuye dicho
fenómeno a las imperfecciones del mercado. Por lo tanto, si los precios no
bajan a pesar del aumento de productividad, ello se debe a que lo impiden
combinaciones monopólicas u oligopólicas
de las empresas.
Las teorías neoclásicas no consideran la
expansión monetaria que acompaña a una creciente producción en proceso. Si no
hubiera tal expansión, los precios bajarían conforme aumenta la productividad.
y si por sus combinaciones las empresas impidiesen la baja, habría menor
demanda para los otros bienes, y los precios descenderían más que el aumento de
productividad, esto es, por debajo del costo de producción, lo cual sería
insostenible. Convénzanse, no hay explicación de este fenómeno si se ignora la
expansión de ingreso y dinero en el fenómeno dinámico.
Sin embargo, este
razonamiento neoclásico, no obstante la falla mencionada, ha tenido la virtud
de hacer reconocer a algunos adeptos neoclásicos de la periferia que existen
grandes disparidades en la distribución del ingreso. Hasta hace poco tiempo
esperaban que estas disparidades se corregirían gradualmente. Ahora reconocen
que no ha sucedido así, y concuerdan en que ellas existen, como me lo hacía
notar Norberto González.[5]
¡Esto es un progreso!
Todo esto constituye
uno de los aspectos importantes de mi último libro.[6]
Espero que al explicarles ahora muy sucintamente este fenómeno hayan podido
ustedes abarcar su significación.
— Nos parecen
interesantes sus explicaciones, y sobre ellas quisiéramos reflexionar
detenidamente. Usted sostiene que el crecimiento de la demanda en el curso de
la producción en proceso permite absorber la oferta de bienes finales sin que
desciendan los precios en virtud del incremento de productividad. y que esto permite
a las empresas recoger en forma de ganancia el fruto de la productividad.
Pero ello no significa que el sistema no tienda al equilibrio, con la
consiguiente eliminación de la ganancia según los razonamientos neoclásicos. El
equilibrio podría lograrse en otra forma que usted no haya considerado.
— Estoy lejos aun de
haber considerado todas las variables. ¿Pero cuál sería esta otra forma de
llegar al equilibrio del sistema?
— Usted se ha
referido a los precios, pero no a las remuneraciones de la fuerza de trabajo.
Admitamos que los precios no descienden. Pero el incentivo de mayores ganancias
induce a las empresas a elevar la producción, para lo cual necesitan alimentar
el empleo. Las empresas compiten de esta manera entre ellas para procurarse
esta fuerza de trabajo adicional. y esta competencia tiene La
virtud de elevar las remuneraciones a expensas de la ganancia. De esta manera
se tiende al equilibrio. En consecuencia, si es correcto afirmar que la
ganancia no desaparece por la disminución de los precios, terminará por
eliminarse gracias al aumento de las remuneraciones, entre ellas la
remuneración de los empresarios.
— El razonamiento que me presentan
ustedes no carece de lógica. Sin embargo, los fenómenos de la realidad
periférica no ocurren de esta manera. Las teorías neoclásicas ignoran la
estructura social de la periferia y sus continuas mutaciones. Es una estructura
social heterogénea en la cual se presentan grandes diferencias de
productividad; mientras, por un lado, una parte de la fuerza de trabajo está
empleada con técnicas de alta productividad. por otro lado hay una gran masa
humana que trabaja con muy baja productividad. Y, entre estos dos extremos, una
variada gama de técnicas y productividades. Esta heterogeneidad estructural
tiene considerable importancia, pues la fuerza de trabajo que en la dinámica
del desarrollo se va absorbiendo con alta productividad. gracias a la
acumulación de capital, no mejora sus ingresos correlativamente a esa
productividad en el juego libre del mercado. Lo impide la competencia de la
gran masa de trabajadores que queda en las capas sociales de inferior
productividad. Preséntase una competencia regresiva
que impide mejorar las remuneraciones en la medida que correspondería a la
creciente productividad del sistema. ¿Comprenden ustedes este fenómeno
estructural?
—
Creemos entenderlo, pero no termina de persuadirnos, pues nos parece que esta
falta de ajuste entre productividad y remuneraciones constituye un fenómeno
transitorio que también tenderá a desaparecer. En otros términos, la tendencia
al equilibrio del sistema demorará más tiempo, pero terminará por imponerse.
—
Pues bien. comprendo que la fe que tienen en el equilibrio neoclásico es
inexpugnable. Ustedes confían posiblemente en que una acumulación cada vez
mayor de capital traerá consigo una absorción creciente de trabajadores, la que
se realizará con ingresos cada vez mayores debido a la creciente productividad,
lo cual irá cumpliéndose a expensas de las ganancias de las empresas. De esta
manera, se aproximará el sistema a su posición de equilibrio. Sería entonces
una cuestión de tiempo...
—
Efectivamente. Tal es a nuestro juicio la tendencia del sistema si no hay
interferencias que lo perturben, esto es si funciona sin trabas el sistema
económico, si impera la libertad de mercado. Ahí radica
la gran significación de los razonamientos neoclásicos. ¿Podría usted negarlo?
—
Así sería si la dinámica del sistema se desplegara como ustedes piensan. Pero
infortunadamente no sucede así. Infortunadamente digo, pues si así sucediera,
los grandes problemas que enfrentamos podrían resolverse de un modo espontáneo.
¡Y yo me convertiría en friedmanista!
—
Le seguiremos escuchando con gran atención, a fin de comprender esta afírmación tan terminante.
3.
La dinámica del excedente económico
—
Pues bien, a esta altura de nuestro diálogo, introduciré el concepto del
excedente económico. En una primera aproximación, suficiente por ahora,
podríamos suponer que el excedente se identifica con la ganancia de las
empresas. Los remito a mi libro, si se interesan en este punto, y me concentro
ahora en el excedente económico que tiene profunda significación dinámica.
Retengan
bien el concepto. El excedente representa aquella parte de sucesivos
incrementos de productividad que no se trasladan a la fuerza de trabajo en
virtud de la heterogeneidad de la estructura social, ya aquel fenómeno de
competencia regresiva antes mencionado. Los propietarios de los medios
productivos de las empresas se apropian del mismo y lo retienen gracias a la
expansión continua de la demanda, El excedente representa la combinación de un
fenómeno estructural y de un fenómeno dinámico.
—
Temo que usted nos esté desviando de nuestro razonamiento, Que cambie de nombre
a la ganancia y nos hable de excedente no significa que éste no tienda a
disminuir hasta desaparecer por el juego de una activa competencia entre las
empresas.
—
Les ruego seguirme con alguna paciencia. Dada la índole del sistema, el
excedente económico tiene que crecer continuamente. Es una exigencia dinámica
del sistema; y lo es porque del excedente –y de sus aledaños–
sale la mayor proporción de la acumulación de capital reproductivo de las
empresas. Para que el sistema se desenvuelva y aumenten el empleo y la
productividad, es indispensable que el excedente se acreciente en forma
incesante.
Pero
el excedente no sólo sirve para acumular, sino también para consumir. Es un
hecho que gran parte del mismo se dedica cada vez más al consumo privilegiado
de los estratos superiores de la estructura social que concentran la mayor
parte de los medios productivos. Y esto ocurre en detrimento de la intensidad
de la acumulación. Otro tanto sucede con la succión exagerada de ingresos
periféricos que realizan los centros. Y esta insuficiente acumulación debilita
la absorción de los estratos inferiores, esto es, trae consigo la tendencia
excluyente del sistema.
— Sin embargo, la que
acaba de decir no ocurre necesariamente. Supóngase que el excedente se dedique
intensamente a la acumulación, así como los ingresos que succionan los centros.
En tal caso, la transición hacia el equilibrio sería de mucho menor duración,
pero al equilibrio se llegaría de todos modos.
No interpreten que
hay obstinación de mi parte, pero los fenómenos no ocurren así. Para,
demostrarlo, permítanme volver al excedente.
Mencionaba antes la
exigencia dinámica de acrecentar en forma continua el excedente. Se acrecienta
gracias a incrementos incesantes de productividad, Ahora bien, a medida que
aumenta la aptitud espontánea de la fuerza trabajo para compartir la
productividad se va resintiendo el ritmo de crecimiento del excedente y, por
tanto, de la acumulación de capital reproductivo.
Supongamos así que
llega un momento en que el mejoramiento de las remuneraciones toma todo el
incremento de la productividad. Pero el excedente global habría llegado
entonces a su máximo nivel. Y de acuerdo con el razonamiento que ustedes venían
haciendo, la competencia entre las empresas para conseguir más y más fuerza de
trabajo para acrecentar la producción, las forzaría a elevar progresivamente
las remuneraciones hasta que el excedente termine por desaparecer. La
verificación del razonamiento neoclásico llevaría de esta manera a la eutanasia
del excedente.
— Lo cual nos
demuestra que el postulado neoclásico del equilibrio es correcto, como veníamos
diciendo.
— Sería correcto si
los fenómenos se desenvolvieran de esta manera. Sin embargo, siguen un curso
muy diferente. Recuerden que el excedente es fuente primordial de la
acumulación de capital. Y si se va reduciendo por la competencia creciente de
las empresas para procurarse fuerza de trabajo adicional, sufriría cada vez más
la acumulación de capital. Las consecuencias serían muy serias, pues
disminuiría el empleo y la producción, y sobrevendría la contracción de la
economía.
— Admitimos que sea
así. Pero ahí podría darse la solución del problema. En efecto, la contracción
y el desempleo harán descender las remuneraciones. Las remuneraciones habían
aumentado desmesuradamente, en desmedro de la acumulación. Y este reajuste,
por penoso que sea momentáneamente, tiene la virtud de hacer bajar las
remuneraciones hasta conseguir el restablecimiento del excedente, la reanudación
de su dinámica y, por tanto, el proceso creciente de acumulación y de empleo.
— Bien. Pero
reflexionen en lo que ustedes están arguyendo. Si es necesaria una contracción
para que el excedente vuelva a crecer, quiere decir que aquella tendencia hacia
el equilibrio que ustedes suponen no se cumple en realidad. No se cumple,
porque el excedente vuelve a crecer gracias al descenso de los salarios. Para
llegar al equilibrio sería indispensable que el excedente se elimine.
— Déjenos reflexionar
un instante, El hecho de que disminuya el excedente no significa necesariamente
que no siga creciendo la acumulación. Son posibles otras formas; por ejemplo,
que a medida que se debilita la acumulación por parte de quienes se apropiaban
del excedente, sea la misma fuerza de trabajo la que acumule conforme se elevan
las remuneraciones. No se interrumpiría, pues, la dinámica del sistema.
— De acuerdo. Pero
nada hay en el juego espontáneo del sistema que lleve a la fuerza de trabajo a
acumular en lugar de los estratos superiores. En verdad tendría que acumular
más a fin de corregir la tendencia excluyente del sistema. Pero el sistema no
funciona de esta forma. ¿Creen ustedes que las empresas verían disminuir
impasiblemente su rentabilidad mientras aumentan las remuneraciones? Y en el
supuesto de que así fuera, ¿qué sucedería si la fuerza de trabajo aumentara su
propio con sumo en vez de acumular?
— Evidentemente no podría seguirse
desenvolviendo la dinámica del sistema. Pero en tal caso, la responsabilidad no
habría que atribuirla al consumo privilegiado de los estratos superiores, sino
al consumo de la fuerza de trabajo.
— No es esto lo que
está en tela de juicio. No se trata de responsabilidades, sino de la forma como
funciona el sistema. El sistema no se transforma a sí mismo. Es como es...
— Usted nos
desconcierta con esta afirmación tan terminante; quisiéramos que nos explique
mejor su pensamiento.
— Afirmo de nuevo que
el sistema sólo puede funcionar regularmente mientras la heterogeneidad de la
estructura social, las grandes diferencias de productividad, permitan
acrecentar en forma incesante el excedente, Si la acumulación de capital fuera
muy intensa y se absorbiera con gran dinamismo a la fuerza de trabajo, se
llegaría a un momento en que el excedente empezaría a disminuir por la
competencia entre las empresas. y entonces no se cumpliría aquella exigencia
dinámica fundamental y sobrevendría la contracción. Quiere decir que la
dinámica del sistema se sustenta en la desigualdad social y que ésta no puede
corregirse más allá de cierto punto.
— Sin embargo, esta
crisis del sistema parecería ocurrir cuando es muy fuerte la acumulación de
capital reproductivo. Habría que concluir que si no lo fuera, la absorción de
fuerza de trabajo sería menos intensa, y se alejaría entonces la crisis del
sistema.
— Sin duda, se
alejaría la crisis si no interviniera otro factor muy importante, Pero, si así
fuera, olvídense ustedes de la tendencia del sistema a llegar a una posición de
equilibrio donde los ingresos de los factores responden a su aportación al
proceso productivo. ¿Lo reconocen ustedes?
— Quisiéramos
reflexionar a fondo sobre lo que nos ha dicho antes de pronunciarnos. Entre
tanto, ¿a qué otro factor se refiere usted?
4. El poder
sindical y la crisis del sistema
— Voy a explicarlo.
La fuerza de trabajo no espera a que, con el andar del tiempo, acaso de mucho
tiempo, se vaya fortaleciendo espontáneamente su poder redistributivo
frente al excedente. Las mutaciones de la estructura social que ocurren en el
curso del desarrollo van acompañadas de un creciente poder sindical y político
de la fuerza de trabajo. Es un poder que se contrapone cada vez más al poder de
apropiación del excedente de los propietarios de los medios productivos. Así
pues, si es cierto que las remuneraciones no mejoran espontáneamente en forma
correlativa, al incremento de productividad, debido a la insuficiente
acumulación de capital, ese mejoramiento se consigue gracias al poder sindical
y político de la fuerza de trabajo, conforme se desenvuelve sin trabas el
proceso de democratización en el curso de aquellas mutaciones estructurales.
— Pero en tal caso
sería el despliegue de ese poder sindical y político el que, a nuestro juicio,
terminaría empujando al sistema a su crisis. Mucha razón tendría entonces
Milton Friedman cuando impugna el poder sindical.
¿Podría usted leernos los párrafos pertinentes?
— Aquí los tienen
ustedes. Dicen así:
Los sindicatos de
trabajadores altamente especializados sin duda han sido capaces de aumentar los
salarios de sus afiliados; sin embargo, los individuos que en cualquier caso
recibirían salarios altos se encuentran en una posición favorable para formar
sindicatos poderosos, Además, la habilidad de éstos para aumentar los salarios
de algunos trabajadores no significa que la sindicación universal pueda elevar
los salarios de todos los trabajadores, Por el contrario —y ésta es una fuente
muy importante de equívocos—, los beneficios que los sindicatos poderosos
obtienen para sus miembros se consiguen principalmente a expensas. de otros
trabajadores. (Subrayado en el original.)
El principio más
elemental de economía –la ley de la demanda–
constituye la clave para entender la situación: cuanto mayor sea el precio de
un producto, menor será la cantidad que las personas estarán dispuestas a
comprar.
Un sindicato próspero
reduce el número de puestos de trabajo en el sector que controla. Como
consecuencia, algunas personas a quienes gustaría obtener alguno de estos
empleos al salario establecido por el sindicato, no pueden conseguirlo. Se ven
obligadas a buscar en otro sector, Una oferta mayor de trabajadores en otros
empleos reduce los salarios pagados a éstos. Una sindicación general no
alteraría la situación, Podría significar salarios más altos para las personas
que obtienen empleo, junto con una cifra mayor de desempleo. Probablemente el
resultado sería la formación de unos sindicatos poderosos y de otros sin
fuerza; los afiliados a los primeros conseguirían salarios mayores, como
consiguen en la actualidad, a expensas de los miembros de los segundos.[7]
— Como ven ustedes,
Milton Friedman abomina del poder sindical, como
otros neoclásicos. Considera que es un poder arbitrario. Pero no tiene en
cuenta para nada la arbitrariedad de la apropiación del excedente. Dado este
poder de apropiación, la fuerza de trabajo acude a su propio poder redistributivo para compartir cada vez mas el fruto de la
creciente productividad del sistema. Primero los mejor organizados, como
expresa Milton Friedman, y después los menos
organizados, valiéndose de poder político.
Milton Friedman condena el poder sindical porque significa, a su
juicio, una violación de las leyes del mercado. Tendría razón si estas leyes,
en un régimen de competencia, difundieran el fruto de la creciente
productividad. Pero les he explicado que no es así: este fruto se retiene en
forma de excedente y, para compartirlo, la fuerza de trabajo acude a su poder
sindical y político. Se trata pues de una pugna de poderes.
— Sin embargo, esta
pugna de poderes lleva, según sus escritos, a la inflación social que trastorna
cada vez más el sistema.
— Así es. Yo he
tratado de demostrarlo en mis razonamientos teóricos, aunque rija sin
restricciones la competencia, y aunque el Estado tenga en sus gastos la moderación
que recomienda Milton Friedman.
— Pero el Estado no
se caracteriza por su moderación, y Milton Friedman
sostiene que ello constituye un factor primordial de inflación. Creo que usted
mismo lo reconoce.
— Lo reconozco de
mucho tiempo atrás. El Estado tiene una gran responsabilidad en la inflación,
no sólo cuando incurre en déficit crónico, sino cuando cubre con impuestos
todos sus gastos. Cuando éstos se exageran, Como succede
generalmente, los impuestos tienden a volverse inflacionarios. Esto no sucede
en las fases del desarrollo cuando la fuerza de trabajo carece todavía de poder
sindical y político. Pero cuando adquiere este poder, trata, de resarcirse de
los impuestos y demás cargas que recaen sobre sus espaldas. y lo hace
aumentando sus remuneraciones y a expensas del crecimiento del excedente
económico. Se conjugan pues dos elementos en la marcha del sistema hacia su
crisis. El empeño genuino de la fuerza de trabajo por mejorar su situación, y
su esfuerzo para resarcirse de los impuestos y cargas que menoscaban sus
ingresos. Consideren ustedes que hay también impuestos y cargas que gravan
directamente el excedente y cuyos efectos acentúan el proceso que acabo de
explicar.
— Nos parece que
estamos empezando a comprenderle. Según lo que nos está diciendo, se
desenvuelve una doble presión sobre el excedente: la de la fuerza de trabajo y
la del Estado a través de esta última. Y esta doble presión tiende a conducir a
la crisis por sus efectos adversos sobre la acumulación de capital, el empleo y
el producto global.
— Me complace
escucharles... Pero no se trata de una presión doble, sino triple. En efecto,
no olviden la presión interna sobre el excedente, la presión del consumo
privilegiado. Si quienes se apropian del excedente fueran austeros y utilizaran
a fondo su potencial de acumulación, podríamos hablar de doble presión. Pero el
capitalismo periférico no se caracteriza por su austeridad. Ya la crisis se
llega precisamente cuando esta triple presión impide seguir acrecentando la
acumulación.
— Hay un aspecto que
aún no nos resulta claro, y que le rogamos explicar. ¿Por qué ocurre
necesariamente la inflación?
— Pues,
sencillamente, porque al disminuir el excedente no sólo se debilita la
rentabilidad de las empresas, sino que se resiente simultáneamente la
acumulación de capital, disminuye el ritmo de absorción de la fuerza de trabajo
y sobreviene el desempleo y el encogimiento de la actividad económica.
Comprenderán ustedes que esta precaria situación no podría prolongarse por
mucho tiempo. y las empresas no tienen otra salida que elevar los precios para
restablecer la dinámica del excedente, con la consiguiente acumulación, y
cuando la fuerza de trabajo dispone de suficiente poder sindical y político, a
la elevación de los precios sigue una nueva alza de remuneraciones. y así
sucesivamente. Entramos pues en una incesante espiral inflacionaria que se
amplía cada vez más.
— Dice que la espiral
se amplía cada vez más. Nos parece que si ello sucede se debe a la tolerancia
de la autoridad monetaria. Por eso nos parece muy importante la recomendación
de Milton Friedman de fijar un límite estricto a la
creación de dinero.
— ¡Cuidado! Están
ustedes pisando un terreno muy movedizo. Frente a los fenómenos que estamos
considerando y que son diferentes a los de tiempos pretéritos, la política
monetaria no sólo resulta incapaz de contener la espiral inflacionaria, sino
también contraproducente. Permítanme ustedes explicarles por qué hago esta
afirmación tan terminante.
Recuerden lo que dije
acerca del acrecentamiento de la producción en proceso y de la necsidad de crear dinero para pagar los ingresos. cada vez
mayores que ella requiere. Pues bien, si la autoridad monetaria se niega a
ampliar la corriente de dinero que necesitan las empresas para pagar las
mayores remuneraciones, ¿qué harán las empresas frente a la presión sindical?
No tienen otro remedio que emplear parte de esa corriente de dinero en hacer
frente a esas mayores remuneraciones. y al proceder en esta forma tienen
necesariamente que disminuir el dinero que hubieran debido destinar al
acrecentamiento de la producción. Se debilita o se contrae pues el ritmo de la
producción en proceso —según la intensidad de la restricción monetaria. He aquí
el fenómeno que no se daba antes, a saber, alza de remuneraciones y de precios,
por un lado, encogimiento de la producción y el empleo, por otra. ¿Me
comprenden?
— Es claro su
razonamiento; pero debe examinarse qué pasa después. ¿No cree que el
desempleo terminará por quebrar el poder sindical y político, hacer bajar las
remuneraciones. y contener finalmente el alza de los precios, terminando así
con la espiral?
— Si no hay represión
del poder sindical y político por parte del Estado, no creo que suceda lo que
ustedes dicen. Pero admitamos por un momento que sea así; supongamos que ese
poder se ha disuelto en virtud del empleo de la fuerza por el Estado. La
autoridad monetaria podrá entonces seguir una política expansiva para animar la
recuperación de la economía. Se corregirá el desempleo y la fuerza de trabajo
pugnará nuevamente por recuperar el nivel de remuneraciones y superarlo
después. Se caerá de esta manera en un nuevo ciclo de pugna distributiva, salvo
que continúe la represión sindical y política.
¿Podrán seguir
hablando entonces los adeptos de Milton Friedman de
libertad política y eficacia reguladora del mercado mediante la libertad
económica?
— ¿Está usted
impugnando también al mercado?
— De ninguna manera.
Hay que hacer una distinción tajante entre el mercado y la virtud reguladora
que se le atribuye. Debe examinarse la estructura social que está detrás del
mercado, las mutaciones que en ella ocurren, así como el juego de relaciones de
poder que surge de todo ello. El mercado en sí mismo es un mecanismo eficaz, y
tiene una gran significación política. Pero no se pida al mercado lo que
sencillamente no puede dar.
Como ya he explicado,
la heterogeneidad de la estructura pemite,
principalmente a los estratos superiores, apropiarse del excedente económico a
medida que penetra la técnica productiva de los centros. y como no lo emplean a
fondo en acumulación de capital reproductivo, dado su consumo privilegiado, la
insuficiente acumulación no permite absorber con creciente productividad los
estratos inferiores que quedan relegados en el fondo de la estructura social,
fenómeno éste que se acentúa por el extraordinario aumento de la población. He
mencionado en el mismo sentido la succión de ingresos por los centros. Nada de
esto puede corregirse espontáneamente por el mercado.
— Usted también suele
mencionar la hipertrofia del Estado, que conspira contra la acumulación, por
donde habría una cierta coincidencia con Milton Friedman.
— Con una gran
diferencia, sin embargo. Porque esa hipertrofia en buena parte se debe a las
fallas dinámicas del sistema, a su insuficiencia para absorber fuerza de
trabajo y a la arbitraria apropiación del fruto del progreso técnico. El Estado
cumple una función absorbente, sobre todo en los estratos intermedios. Pero la
cumple mal, porque se trata en parte de una absorción espuria de fuerza de
trabajo que realmente no se necesita. Además, los diversos servicios sociales
que presta el Estado se justifican en gran parte por las grandes desigualdades
distributivas del sistema. Pero esto no es todo. El Estado es también un
reflejo de cambiantes relaciones de poder, sin excluir, desde luego, la
influencia del poder militar sobre sus gastos. Y, además, está muy lejos de ser
eficiente en su funcionamiento. Más que hipertrofia, debiéramos hablar de una
obesidad del Estado que le impide ser ágil y eficaz en el cumplimiento de sus
funciones.
5. La asignación
de recursos
— Decía usted que el
mercado es un mecanismo eficaz en sí mismo. ¿Le reconoce usted esta eficacia
en cuanto a la asignación de los recursos productivos?
— La reconocería si
se resolviera fuera del mercado, subrayo esta expresión fuera del mercado, el
problema de la acumulación y el de las grandes disparidades estructurales en la
distribución del ingreso, que deben distinguirse de las disparidades
funcionales. Entonces la asignación de recursos sería correcta, pero aún así,
hay que tener en cuenta que el mercado no sólo carece por sí mismo de horizonte
social, sino también de un horizonte dilatado de tiempo, y hay que guiarlo con
sentido de previsión. Esta falta de previsión en el juego de las leyes del
mercado la estamos comprobando ahora en ciertas manifestaciones dramáticas de
la ambivalencia de la técnica. Me refiero a la explotación irresponsable de
recursos naturales agotables y al deterioro del medio ambiente. ¿Creen ustedes
que las leyes del mercado han llevado en este caso a la asignación racional de
factores productivos?
— Por supuesto que
no; sería desconocer la evidencia misma de los hechos. Pero no cabe duda que el
mercado permite corregir esas fallas mediante el sistema de precios, como
también lo ha expresado Milton Friedman.
— Reconozco que el
sistema de precios ofrece una buena solución, siempre que se tomen
deliberadamente ciertas medidas fundamentales. Es indudable que el alza de
precios del petróleo contribuirá a restringir el consumo y alentar la
producción. ¿Pero acaso el mecanismo del mercado hizo subir espontáneamente los
precios? Durante varios decenios los precios reales del petróleo estuvieron
descendiendo persistentemente, a pesar de tratarse de un recurso en vías de
agotarse. ¿Cómo explican ustedes esta grave falla en la asignación de recursos
en el juego de las leyes del mercado?
— La explicación
parece muy clara. Las leyes del mercado no han operado libremente, pues la
competencia se ha restringido muy seriamente. Unas pocas compañías han dominado
el mercado y fijado precios indebidamente bajos.
— Es muy cierto lo
que dicen acerca de las serias limitaciones de la competencia. ¿Pero creen
ustedes que si hubiera habido muchas empresas en plena competencia —como
suponía Adam Smith— , ello
hubiera hecho subir los precios? El interés de las empresas les hubiera llevado
a aumentar la producción para elevar sus ganancias; después, la competencia
entre ellas habría provocado la disminución de los precios a expensas de sus
márgenes. De manera que el aumento del consumo habría sido aún más intenso, en
desmedro de otras fuentes de energía y de otras consecuencias muy lamentables.
Por lo demás, los países productores carecían de poder para defender el
petróleo que se malbarataba.
— Pero reconoce usted
que el alza de los precios tendrá la virtud, por un lado, de disminuir el ritmo
del consumo y, por otro, estimular el desenvolvimiento de otras formas de
energía.
— Lo reconozco
plenamente. Pero tengan en cuenta que no se trata de precios que el mercado ha
establecido espontáneamente, sino de precios deliberados que los países
productores se han visto forzados a adoptar para corregir la grave situación a
la que se había llegado.
Tampoco tuvo el
mercado sentido de previsión en materia de deterioro del medio ambiente. y el
Estado ha debido hacer lo que el juego de leyes del mercado no pudo resolver.
Ha tenido que imponer medidas limitativas que significan mayores precios, ya
sea por el mayor capital requerido para evitar la contaminación, o por
impuestos que inciden sobre los precios. El problema radica ahora en que el
costo social de todo esto se distribuya equitativamente.
— Los elementos
abordados constituyen materia que nos llevará a meditar mucho antes de
formarnos un juicio definitivo. Quisiéramos, de todos modos, mantener este
mismo diálogo con respecto a los maestros neoclásicos. Pero usted sólo nos
habló de Milton Friedman, dejando de lado a un
neoclásico tan eminente y vigoroso como Friedrich von Hayek.
El pensamiento de Friedrich von Hayek
1. Sus grandes
lineamientos
— Me había reservado
para considerar algunas de sus ideas. Creo que ha llegado ahora la oportunidad,
aunque les invitaré más adelante a volver al profesor Friedman.
Siempre he seguido con interés la profusa obra de Friedrich von Hayek, pero en esta oportunidad me referiré sólo a un artículo reciente titulado “El ideal democrático y la contención del poder”,[8] debido a que representa una buena síntesis de sus ideas políticas, sobre todo de su defensa del Estado liberal en su acepción primigenia y del principio de la libertad personal que le es inherente.
Como en el caso del
pensamiento de Milton Friedman, antes de emprender un
diálogo, quisiera que nos entendiéramos acerca de las ideas primordiales de von Hayek.
Ante todo, me parece
que en el trasfondo de estas ideas, como en el caso anterior, se encuentra el
concepto fundamental de las teorías neoclásicas. Recuerden ustedes que, según
este concepto, cuando rige plenamente la libre competencia, los ingresos de los
individuos tienden a igualarse con su respectiva aportación al proceso
productivo. Tal es la ética subyacente en el razonamiento neoclásico. Una ética
que, por cierto, dista mucho de cumplirse en la realidad.
Dado este concepto,
toda restricción a la libre competencia es arbitraria, porque viola ese
principio de equidad distributiva, si se me permite emplear mis propias
expresiones. Como también será arbitraria toda intervención del Estado que
transfiera ingresos de unos grupos sociales a otros, violando también las leyes
del mercado. No hay que perturbar en forma alguna su papel de supremo regulador
de la economía.
Como aparentemente
estamos de acuerdo, proseguiré mi interpretación, si ustedes no se oponen. De
lo que acabo de expresar se desprenden conclusiones muy importantes. Es
necesario que la Constitución limite el poder de las asambleas legislativas y
también el poder de las mayorías, para evitar aquella violaciones.
Una constitución
esencialmente democrática —en el correcto sentido de este concepto— consagra
derechos humanos esenciales, y si una mayoría legislativa no los respeta, cae
en lo arbitrario, en la más flagrante violación de la Constitución.
Define von Hayek lo arbitrario de la
siguiente forma:
‘Arbitrario’
significa... acción establecida por una voluntad particular que no está
restringida por una regla general, independientemente de si esta voluntad es la
voluntad de uno o de una mayoría. En consecuencia, no es el acuerdo de una
mayoría sobre una acción particular, ni siquiera su conformidad con una
constitución, sino sólo la buena voluntad de un cuerpo representativo para
someterse a la aplicación universal de una regla que requiere esa acción
particular, lo que puede aceptarse como evidencia que sus miembros consideran
justo lo que deciden.[9]
Lo mismo ocurre
cuando la mayoría interfiere en las leyes del mercado. Sería una arbitrariedad
al margen de los principios consagrados por la Constitución.
— Puesto que tiene
usted a mano el escrito de von Hayek,
le pedimos nos lea los párrafos pertinentes. ¿De dónde surge la Constitución?
¿Quiénes la aprueban?
— La Constitución es
la expresión de un consenso colectivo, o sea es en
el consentimiento de las personas en el
cual descansa todo el poder y la coherencia del Estado. Si ese consentimiento
sólo aprueba el dictamen y la ejecución de reglas generales de conducta justa,
y a nadie se le otorga poder para ejercer la coerción excepto para la ejecución
de estas reglas (o temporalmente durante una interrupción violenta del orden
por algún cataclismo), incluso el más alto poder constituido puede ser
limitado. Por cierto, la demanda de soberanía del Parlamento en un comienzo
sólo significó que no reconocía ninguna voluntad superior a él; sólo
gradualmente llegó a significar que podía hacer cualquier cosa que deseara.
Ello no sigue necesariamente de lo primero, porque el consentimiento sobre el
cual se apoya la unidad del Estado y por ende el poder de cualquiera de sus
órganos sólo puede restringir el poder, pero no conferir poder positivo para
actuar.
Es la obediencia lo
que crea poder y el poder así creado se extiende sólo tan lejos como lo permita
el consentimiento de las personas. Debido al olvido de esto último, la
soberanía de la ley se convirtió en lo mismo que la soberanía del Parlamento. y
mientras la concepción del imperio de la ley presupone un concepto de ley
definido por los atributos de las reglas, no por su fuente, hoy las
asambleas legislativas ya no se llaman así porque hacen las leyes, sino que las
leyes se llaman así porque emanan de las asambleas legislativas, cualquiera
sea la forma o contenido de sus resoluciones.[10]
No se trata pues de
una ‘voluntad’ superior que limita el poder —insiste von
Hayek—, sino del consentimiento de las personas.
Ese consenso, sobre
el que se sustenta la Constitución, tiene que limitar el poder de las asambleas
legislativas frente a las leyes del mercado. Así pues “toda presión sobre el
gobierno para que use sus poderes coercitivos en beneficio de grupos
particulares, es dañina para la generalidad”.
Veamos en qué
consisten estas presiones. Ante todo la presión que pueden ejercer las grandes
firmas o corporaciones.
Esta presión, sin
embargo, no es comparable a la de la organización del trabajo, que en la
mayoría de los países ha sido autorizada por ley o por fuero para utilizar
poderes coercitivos para ganar apoyo para sus políticas. “Al conferírseles, por
razones supuestamente ‘sociales’, privilegios únicos a los sindicatos de los
que difícilmente disfruta el mismo gobierno, las organizaciones de trabajadores
han sido capaces de explotar a otros trabajadores privándolos totalmente de la
oportunidad de un buen empleo. Si bien este hecho es todavía convencionalmente
ignorado, en la actualidad los principales poderes de los sindicatos descansan
completamente en el pem1iso que tienen para usar el poder de evitar que otros
trabajadores hagan el trabajo que desearían hacer” [11].
Pero no se trata
solamente de las restricciones a la competencia autorizada por las asambleas
legislativas, sino también de las interferencias directas del gobierno en
materia de distribución del ingreso. Así nos dice el eminente profesor:
En la medida que sea
legítimo que el gobierno use la fuerza para efectuar una redistribución de los
beneficios materiales —y esto es la esencia del socialismo—, no puede haber
contención a los instintos rapaces de todos los grupos que quieren más para
ellos, Una vez que la política se convierte en un tira y afloja por las
porciones de la tarta del ingreso, un gobierno decente es imposible. Esto
requiere que todo uso de coerción para asegurar un cierto ingreso a grupos
específicos (más allá de un mínimo fijado para todos aquellos que no pueden
ganar más en el mercado) sea proscrito como inmoral y estrictamente antisocial” [12].
Y agrega algo más
adelante:
una vez que le damos
licencia a políticos para interferir en el orden espontáneo del mercado para
beneficiar a grupos particulares, ellos no pueden negarle tales concesiones a
ningún grupo del cual dependa su respaldo”, lo cual conduce “a una dominación
siempre creciente de los políticos sobre el proceso económico [13].
Y añade enseguida:
dar una licencia
general a los políticos para otorgar beneficios especiales a cambio de apoyo
político, necesariamente destruirá el orden del mercado que sirve al bien
general, y lo reemplazará por un orden impuesto a la fuerza, determinado por
algunas voluntades humanas arbitrarias” [14].
De todo esto se
desprende una conclusión definitiva y terminante:
En su actual forma
ilimitada, la democracia ha perdido gran parte de la capacidad de servir como
una protección en contra del poder arbitrario. Ha dejado de ser un salvaguardia
de la libertad personal, una restricción al abuso del poder gubernamental; lo
que se esperaba demostraría ser cuando se creía ingenuamente que, en tanto el poder
estuviese sujeto a control democrático, se podría prescindir de todas las demás
restricciones al poder gubernamental. Por el contrario, ha llegado a ser la
causa principal de un crecimiento progresivo y a acelerado en el poder y peso
de la máquina administrativa [15].
Todo
esto lleva a la progresiva desintegración del sistema y a “recurrir en la
desesperación a algún tipo de régimen dictatorial” [16].
2.
La arbitrariedad del excedente y la arbitrariedad de la redistribución
—
Me detengo aquí para preguntarles: ¿qué piensan ustedes de todo esto?
—
Pues nos parecen muy lógicas las ideas expresadas por Friedrich
von Hayek, muy lógicas si
se parte de la premisa mencionada por usted al comienzo, o sea el supremo papel
regulador de las leyes del mercado. Si se violan dichas leyes, como acaba de
verse, se va fatalmente a gobiernos de fuerza. Es interesante notar que si bien
usted no aceptó esa premisa concerniente a las leyes del mercado en su crítica del
capitalismo periférico, llega a un desenlace político similar. ¿Estamos en lo
cierto?
—
Comentaremos esto último más adelante: en cuanto a lo anterior, es correcta la
interpretación ustedes. Si admitimos la validez de esa premisa, todo viene por
añadidura; pero carece por completo de validez, como traté demostrarlo al
referirse al pensamiento friedmaniano.
Conviene
insistir al respecto, pues es muy importante. Tanto un autor como el otro
sostienen que es arbitrario interferir en las leyes del mercado. Pero ambos se
niegan a reconocer la existencia del excedente económico y su apropiación,
sobre todo por parte de quienes concentran en sus manos la mayor parte de los
medios productivos. A la luz de los razonamientos neoclásicos, también serían
arbitrarios tanto esta apropiación como el hecho de que el excedente no tienda
a eliminarse por el juego de la competencia.
Según
este interpretación mía, la arbitrariedad no radica en las especies del
sistema, en la violación de las leyes del mercado, sino intrínsecamente en el
sistema mismo, en sistema cuya dinámica depende fundamentalmente de la
necesidad de que el excedente sea creciente en forma continua envés de aquella
eutanasia a la que se llegaría prosiguiendo los razonamientos neoclásicos.
—
¿Cómo se explica usted que no se tenga en cuenta éste fenómeno?
—
Pues en la existencia he visto hombres brillantes empecinase en la afirmación
de ciertos dogmas. Diría que cuanto más brillantes, tanto más se encierran en
sus dogmas, y más se exalta su dialéctica para afirmar la verdad absoluta que
contienen. No olviden, además, que la así llamada ciencia económica es muy
nueva comparada con otras disciplinas científicas. Pero retomemos el hilo de
nuestra discusión.
—
Nos parece bien hacerlo. Le manifestamos hace un momento que, a pesar de sus
diferencias fundamentales con Fredrich von Hayek, usted llega a una
conclusión parecida cuando sostiene que, si mal no le hemos comprendido, el
curso avanzado de las mutaciones estructurales del sistema se tiende al en
pleno dictatorial de la fuerza.
—
Así es en efecto. Pero les ruego a guardar un instante antes de llegar a este
punto de enorme significación. Quisiera insistir sobre una gran diferencia que
existe entre el razonamiento de nuestro torneo clásico y de quien está dialogando
con ustedes, y hace bastante tiempo dejó de serlo.
Para
von Hayek los trastornos
del sistema, en cuanto a la distribución del ingreso, obedecen al hecho de que
hay grupos sociales que interfiere en el juego de las leyes del mercado para
apropiarse de lo que otros grupos han obtenido según su aportación al proceso
productivo. Para mí el problema comienza antes, esto es, cuando ciertos grupos
sociales sea propia del fruto del progreso técnico que debió distribuirse entre
todos según su aportación productiva.
—
Si le entendimos bien, usted sostiene que hay grupos sociales privilegiados que
sea propia del fruto de la productividad del sistema e impiden que éste fruto
se distribuya según la racionalidad de las leyes del mercado que suponen los
economistas neoclásicos.
—
La interpretación de ustedes no podría ser más correcta. Y a riesgo de
repetición podría decirse que a la arbitrariedad de esa apropiación primaria
sigue la arbitrariedad de la redistribución en el juego de relaciones de poder.
Y como en esta pugna distributiva no hay principio regulador alguno, el sistema
tiende a su crisis.
—
Explíquenos, sin embargo, porqué esta tendencia a la crisis no se ha
presentado antes en el desenvolvimiento del capitalismo periférico.
—
Trataré de hacerlo. La tendencia a la crisis es una consecuencia de las
mutaciones estructurales del sistema conforme penetra la técnica de los
centros. Hay fases estructurales durante las cuales no existe, o es muy débil,
el poder redistributivo de la fuerza de trabajo, por
ser incipiente el proceso de democratización; de democratización genuina y no
aparente o manipulada. Pues bien, cuando avanza este proceso, la fuerza de
trabajo va adquiriendo poder para compartir los sucesivos incrementos de
productividad y para resarcirse de los impuestos y demás cargas de un Estado
que tiende a la obesidad, por las razones antes explicadas. y cuando esta
pugna, cada vez más conflictiva, no permite seguir cumpliendo la exigencia
dinámica de acrecentar continuamente el excedente, sobreviene la crisis y la
espiral inflacionaria que trastorna el sistema.
3.
Aparentes analogías y grandes diferencias
—
Aquí está precisamente lo que decíamos; usted desemboca en una conclusión
semejante a la de von Hayek.
— Semejante sí, pero
muy diferente en su explicación. Porque para von Hayek la crisis se debe, en última instancia, a que el
abuso de la mayoría democrática ha violado las leyes del mercado. En tanto que
yo sostengo que la crisis responde a un sistema que tiene un vicio original,
porque no permite que las leyes del mercado cumplan el papel redistributivo que se les atribuye.
— Ahora comprendemos.
¿Pero cuáles serían las consecuencias de dos tesis que, a pesar de ser tan
diferentes, tan contrarias en su significación, parecerían conducir fatalmente
a un mismo desenlace?
— Procuraré responder
a esta pregunta tan importante. Para von Hayek y para Friedman hay que
establecer una limitación constitucional que impida las restricciones a la
competencia, ya se trate de combinaciones de empresas o de sindicatos de
trabajadores, y que impida a la vez transferencias arbitrarias de ingreso entre
los grupos sociales. En cambio, yo propongo transformar el régimen de
acumulación y distribución.
— Antes de
explayarse al respecto, le ruego me permita una digresión. Usted no ha
comentado una afinnación de von
Hayek (y también de Friedman)
según la cual los sindicatos, al fijar arbitrariamente los salarios, impiden el
empleo de otros trabajadores.
— Esta es la tesis
muy difundida ahora en ciertos artículos de divulgación neocásica.
El desempleo se explicaría por la elevación artificial de salarios que
consiguen los sindicatos; estos salarios tendrían que ser tan bajos como fuese
necesario para llegar al equilibrio de oferta y demanda de trabajo. Supongamos
que sea así. Sin embargo, se olvida algo muy importante en este razonamiento.
En efecto, si bajan los salarios, también tendrían que reducirse los precios
según las leyes del mercado; pero creo haberles demostrado que los precios no
descienden, sino que sube el excedente. Estos fenómenos mal pueden explicarse
ignorando la estructura social.
— Estaba usted
refiriéndose a ciertas limitaciones constitucionales que, según von Hayek, debieran asegurar el
libre juego de las leyes del mercado. ¿Cuáles serían estas limitaciones?
— Ante todo
limitaciones que impiden aquellas combinaciones de empresas y trabajadores.
Enseguida, un límite que no permita que los gastos del Estado excedan de una
cierta proporción del producto global, para así poner freno a las
transferencias arbitrarias de ingresos que decidan las mayorías parlamentarias.
Y, finalmente, un impuesto negativo o subsidio para aliviar la suerte de
aquellos que, así lo supongo, obtienen muy bajos ingresos, sea por su escasa
aportación al proceso productivo o por alguna otra razón moralmente aceptable.
— Se comprenden muy
bien estas proposiciones a la luz de los principios neoclásicos. Pero como ya
vamos penetrando en su pensamiento, suponemos que usted ha de tener objeciones.
— Por supuesto que
las tengo. En efecto, se sigue dependiendo del excedente estructural; recuerden
lo que antes he manifestado. El hecho de que los precios no desciendan
de acuerdo con la creciente productividad no obedece a las combinaciones de
empresas, sino al mecanismo de apropiación del excedente que impide la difusión
social del fruto de la productividad por obra de la competencia. Las
combinaciones modifican la distribución interna del excedente, pero no influyen
sobre su cuantía.
Por otro lado, la
disolución del poder sindical significaría acrecentar el ritmo de crecimiento
del excedente. Si este fenómeno fuera acompañado de un proceso espontáneo de
descenso de los precios, en la medida en que no aumentaran las remuneraciones;
nada tendríamos que objetar. Pero como bien sabemos, el sistema está muy lejos
de funcionar así.
Es cierto que podría
aumentar la acumulación si el excedente se acrecentara así por la eliminación
del poder sindical o la limitación de los gastos del Estado. Y ello podría
tener efectos positivos en ciertas fases del desarrollo. ¿y si, por el
contrario, el excedente así acrecentado se dedicara al consumo, qué ocurriría?
— Esto es lo que
justamente, queríamos decirle. Para que esas limitaciones preconizadas por
nuestros autores neoclásicos tuvieran efectos dinámicos positivos, sería
necesario limitar asimismo el consumo privilegiado. ¿Qué pensaría usted al
respecto?
4. El uso social
del excedente
— Ahora veo que
ustedes están entreviendo el buen camino. Es necesario limitar el consumo
privilegiado para elevar la acumulación e impulsar la eficacia absorbente del
sistema; será la mejor forma de lograr una distribución dinámica del ingreso.
Pero es claro que se necesitaría además una cierta redistribución directa del
ingreso, a expensas, sobre todo, del consumo privilegiado, o si se quiere
llamarle como lo hace Milton Friedman, un impuesto
negativo.
Todo esto, sin
embargo, no podría concebirse como una serie de medidas fragmentarias e
inconexas, deben formar parte de un concepto racional de uso social del
excedente.
— Le interrumpimos
para formularle una pregunta, a nuestro juicio, de extrema importancia. ¿Será
necesario transferir al Estado la propiedad y gestión de los medios productivos
para conseguir el propósito que usted acaba de enunciar?
— No, terminantemente
no. Esto es lo que se me atribuye muy equivocadamente. Son las mismas empresas
de donde surge el excedente quienes tendrían que distribuirlo entre
acumulación, mejoras redistributivas y gastos del
Estado, mediante la compresión de aquella parte del excedente que se dedica al
consumo exagerado o se transfiere exageradamente al exterior.
— ¿Está usted
proponiendo que las empresas desempeñen este papel importantísimo por su propia
determinación?
— De ninguna manera.
Las empresas serían ejecutoras del uso social del excedente. La decisión tiene
que resultar de un consenso colectivo, un consenso consagrado en la
Constitución que impida a las empresas disponer arbitrariamente del excedente.
Como advertirán ustedes, me inspiro en Friedrich von Hayek en cuanto al consenso
constitucional; un consenso que determine los principios generales que han de
guiar el uso social del excedente. Las mayorías legislativas tendrán que seguir
estos lineamientos en sus decisiones concretas, pero no podrían modificarlos;
la modificación tendría que ser objeto de reformas constitucionales. Trato de
explicar todo esto en mi libro, y no me pidan ustedes entrar a fondo ahora en
la materia.
— Bien, pero
permítanos mencionar un punto de gran significación política; habla usted de un
consenso consagrado en la constitución, y dice usted que se inspira en Von Hayek.
5. Cambios en la
estructura del poder
— Es desde luego una
coincidencia en el procedimiento, pero no en el objetivo buscado. Mi objetivo
es fundamentalmente diferente del que se propone von Hayek. Para conseguir la que persigue este economista,
sería necesario un cambio regresivo en la estructura del poder, en claro
detrimento de la fuerza de trabajo. Por el contrario, el objetivo de usar
socialmente el excedente exige un cambio progresivo de la estructura del poder,
en detrimento de quienes se apropian y retienen una proporción considerable del
excedente.
— Nos habla usted de
un cambio regresivo en la estructura del poder en detrimento de los
trabajadores en su sentido más amplio. ¿Qué relación tiene esto con su
tesis acerca del empleo de la fuerza para hacer frente a la crisis del sistema?
— Se trata en verdad
de dos formas de expresar lo mismo. Les manifesté antes que cuando los
trabajadores han adquirido gran poder sindical y político, es imposible dominar
la crisis con una política monetaria restrictiva. No se evita el alza de
precios, acaso se logre atenuarla, y se provoca la contracción de la economía y
el desempleo. Se acude entonces al empleo de la fuerza para dominar el poder
sindical y político de los trabajadores. Y a esto llamo un cambio regresivo en
la estructura del poder.
— Esto parecería
conducir a una conclusión política muy grave. ¿No se concibe otra forma que el
empleo de la fuerza para que los trabajadores acepten el imperio irrestricto de
las leyes del mercado?
— Pues les digo
francamente a ustedes que he llegado a esta conclusión. ¿Estarían ustedes
dispuestos a aconsejar a los trabajadores que no empleen su poder redistributivo para asegurar el crecimiento continuo del
excedente económico en manos de los estratos superiores?
— Bueno, acaso
pudiéramos ofrecer este consejo si al mismo tiempo se pusiera un límite al
consumo privilegiado, a fin de aumentar la acumulación y mejorar la
distribución. ¿Qué diría usted?
–Tenga en cuenta que
esta limitación del consumo, si ha de alcanzar dimensiones eficaces, exigiría
aquel cambio progresivo en la estructura del poder. Sucede, sin embargo, que
cuando se llega al empleo de la fuerza para resolver la crisis del sistema se
suprime el poder sindical y político sin tomar medidas que limiten el consumo
privilegiado. Por el contrario, se suprime aquel poder para restablecer la
dinámica del excedente. Y esto da nuevo impulso al consumo privilegiado.
— ¿No se concibe que
los estratos superiores lo hagan espontáneamente, amparados por un régimen de
fuerza, y alimenten sin coerción alguna su coeficiente de acumulación?
— Sí, se concibe,
como dicen ustedes. Si así fuera, mejoraría la aptitud dinámica del sistema,
aunque con el gran costo social y político que significa un régimen de fuerza.
Observen ustedes la realidad, los casos concretos, para ver qué pasa en casos
semejantes.
— ¿No niega usted, de
este modo, la posibilidad de que el restablecimiento dinámico del excedente permita
alcanzar una tasa satisfactoria de desarrollo y eliminar la inflación en un
régimen de fuerza?
— No lo niego. Sería
necesario para ello una política coherente y sistemática, y la prueba
terminante de que se sigue una política de esta índole sería el acrecentamiento
del ritmo de acumulación a expensas del consumo privilegiado, a fin de mejorar
progresivamente el empleo y la distribución. Creo también que sería posible
contener la inflación social.
— ¿Pero realmente
podrían conseguirse esos y otros objetivos dinámicos? Quisiéramos en este
aspecto su franca opinión.
— Yo creo que sí, si
esto es la que realmente se persigue. Pero al examinar los hechos, sin embargo,
me he convencido que una vez restablecida. la dinámica del excedente en favor
de los estratos superiores y en detrimento de la fuerza de trabajo, la
inflación se vuelve tolerable para los grupos sociales dominantes, provenga
ésta de factores internos o externos. y si a ello se agrega que no se consigue
impulsar resueltamente la economía, y que en algunos casos se eleva la
desocupación ¿no creen ustedes que el empleo de la fuerza debe terminar en una
tremenda frustración? Una tremenda frustración para todos aquellos que han
creído sinceramente en la eficacia de las leyes del mercado. No así para
aquellos que aumentan extraordinariamente su poder económico: exaltan la
libertad que tuvieron para hacerlo, lo cual es incompatible con la libertad de
los demás.
Esto es lo que no ven
ni Friedman ni von Hayek. No quieren reconocer que los principios neoclásicos
sólo pueden aplicarse bajo un régimen de fuerza. ¿Aceptan ustedes que pueda
implantarse la libertad económica suprimiendo la libertad política? ¿Habrá para
ello un consenso constitucional?
II
Otra vez Milton Friedman
1. Protección y
subsidio
— Para mantener la
secuencia de nuestro diálogo, les había propuesto comentar el pensamiento de von Hayek y retomar el hilo
posteriormente. Ha llegado ahora el momento de hacerlo.
En la CEPAL siempre
nos hemos preocupado por cierta tendencia latente al desequilibrio exterior en
la periferia. Es cierto que M. Friedman no considera
en especial el desequilibrio periférico, sino el que acontece eventualmente en
los centros. Pero no por ello hay por qué acudir a medidas de intervención.
Sostiene, en efecto,
que el desequilibrio comercial provocado por factores externos se corrige
espontáneamente por el juego de los tipos de cambio. Aquí tengo el libro, y
para evitar confusiones conviene releer la parte pertinente. Dice así:
Supongamos que, para
empezar, 360 yenes equivalen a un dólar. A este tipo de cambio, vigente durante
varios años, supongamos que los japoneses pueden producir y vender todo por
menos dólares de lo que podemos hacerlo en los Estados Unidos:
televisores, automóviles, acero e incluso brotes de soja, trigo, leche y
helados. Si tuviésemos libertad de comercio internacional, trataríamos de
adquirir todas nuestras mercancías en el Japón. Esto parecería confirmar los
temores de quienes defienden los aranceles; nos veríamos inundados de mercancías
japonesas y no podríamos vender nada en contrapartida.
Antes de que levanten
sus manos horrorizados, prosigamos con el análisis. ¿Cómo pagaríamos a los
japoneses ¿Les ofreceríamos dólares en billetes? ¿Qué harían con ellos? Hemos
partido de que al cambio de 360 yenes por un dólar todo es más barato en el
Japón, por lo que en el mercado norteamericano no habría nada que quisiesen
comprar. Si los exportadores japoneses desearan quemar o enterrar los billetes,
sería fantástico para nosotros. Obtendríamos toda clase de mercancías a cambio
de trozos de papel verde que podemos producir en gran abundancia y a bajo
costo. Dispondríamos de la industria exportadora más maravillosa que se pudiese
concebir.
Naturalmente, los japoneses no nos
venderían mercancías útiles con el fin de obtener inútiles trozos de papel para
quemarlos o enterrarlos. Al igual que nosotros, quieren obtener algo real a
cambio de su trabajo. Si todas las mercancías fuesen más baratas en el Japón
que en los Estados Unidos al cambio de 360 yenes por un dólar, los exportadores
tratarían de desembarazarse de sus dólares, procurarían venderlos al cambio de
360 yenes por un dólar al objeto de comprar las mercancías japonesas más
baratas. Pero ¿quién querría comprar los dólares? Lo que es cierto para los
exportadores japoneses lo es también para todos los habitantes de Japón. Nadie
desearía dar 360 yenes a cambio de un dólar si con 360 yenes se pudiese comprar
más cosas en el Japón que con un dólar en los Estados Unidos. Los exportadores,
al descubrir que nadie querría comprar sus dólares a 360 yenes, estarían
dispuestos a cobrar menos yenes por un dólar. El precio de un dólar expresado
en yenes disminuiría: 300 yenes por un dólar, 250 yenes o 200 yenes. Enfoquemos
las cosas al revés: necesitarían un número creciente de dólares para recibir un
número dado de yenes japoneses. Las mercancías japonesas expresan su precio en
yenes, con lo que su precio en dólares aumentaría. A la inversa, las mercancías
estadounidenses expresan su precio en dólares, por lo que cuantos más dólares
obtuviesen los japoneses por un número dado de yenes, más baratas resultarían
las mercancías estadounidenses para los japoneses dispuestos a pagar en yenes.
El precio del
dólar expresado en yenes disminuiría hasta que el promedio del valor en dólares
desde mercancías que los japoneses comprarse a los Estados Unidos fuese más o
menos igual al valor en dólares de las mercancías que los Estados Unidos
comprarse a Japón. A este precio, todo el que quisiese comprar bienes con
dólares encontraría a alguien que estaría dispuesto a venderles yenes a cambio
de dólares [17].
— Otra vez nos
encontramos con un razonamiento seductor por su simplicidad. El mercado resuelve
por sí solo el desequilibrio sin que tenga que intervenir el Estado. Nos
interesa ahora saber que piensa usted al respecto.
— Examinemos este
asunto tomando como punto de partida varios hechos indiscutibles. y siempre con
relación a la periferia. Primero, el desarrollo económico trae consigo un
intenso crecimiento de la demanda, sobre todo de bienes industriales. Segundo,
las exportaciones primarias de la periferia son insuficientes para que esta
demanda pueda satisfacerse con ellas, salvo casos excepcionales; de ahí que la
industrialización sea una exigencia ineludible del desarrollo. Y, tercero, la
industrialización es también indispensable para absorber la gran masa de la
fuerza de trabajo que no puede emplearse en la producción primaria, sea
destinada al consumo interno o a la exportación, y cuanto más penetre la
técnica en la producción primaria, mayor será la necesidad de
industrialización.
Si no se oponen a
este punto de partida, seguiremos con el razonamiento,
Para satisfacer esta
demanda sólo se presentan dos posibilidades y la combinación entre ambas: una
de ellas consiste en desarrollar la producción interna de los bienes
industriales con tecnologías que están a nuestro alcance, y exportar una parte
de estos bienes para importar otros bienes industriales que no podríamos
fabricar por su complejidad tecnológica o por carecer de los recursos naturales
necesarios. Se trataría de una industrialización con gran apertura exterior.
La otra posibilidad
sería poner el acento en la producción para el mercado interno, sustituyendo
importaciones, más que en las exportaciones industriales. ¿Qué preferirían
ustedes?
— Nos parece que la
primera posibilidad sería la más conveniente, pues nos permitiría obtener las
ventajas bien reconocidas del intercambio.
— Yo también estoy de
acuerdo con ustedes, y volveremos después sobre este aspecto. Por el momento,
quiero referirme a las diferencias de costos industriales entre centro y
periferia debido a la superioridad técnica y económica de los primeros, sobre
lo cual también me explayaré más adelante.
Esto es al mismo
tiempo un hecho indiscutible. Los costos superiores de la industrialización
periférica significan un obstáculo considerable, ya se trate de exportar bienes
industriales en competencia con los bienes de los centros, o de producirlos
internamente, en competencia también con dichos bienes. ¿Están ustedes de
acuerdo?
— Por supuesto.
Estos son hechos que existen independientemente de consideraciones teóricas.
Proseguimos escuchándolo.
— Pues bien, para
Milton Friedman la solución está al alcance de la mano.
Si debido a los costos superiores se exporta menos de lo necesario y se importa
más de lo debido y ocurre un desequilibrio, éste se corregirá solo, pues el
desequilibrio traerá consigo la devaluación monetaria, y en esta forma se
abaratarán las exportaciones y encarecerán las importaciones sin necesidad de
que el Estado intervenga.
— Sin duda que se
trata de una consecuencia lógica de la teoría friedmaniana.
— Si bien se
reflexiona, los efectos momentáneos de la devaluación serían semejantes a los
de la protección o el subsidio, ¿porqué oponerse entonces a la protección para
hacer posible la producción interna defendiéndola de las importaciones
excesivas? ¿Y por qué oponerse a un subsidio equivalente a la protección a fin
de promover sus exportaciones? Yo prefiero francamente esto último, y voy a
explicarles los motivos. Sospecho; sin embargo, que ustedes se inclinarán por
la propuesta de Milton Friedman.
— No abriremos
opinión hasta no conocer sus argumentos.
— He aquí mis
objeciones. La devaluación significa no sólo abaratar las exportaciones de
bienes industriales que no son competitivas, sino las exportaciones primarias
que sí son competitivas. Esto significa una pérdida de ingreso para el país
considerado sobre todo en productos muy sensibles, donde el aumento de la
oferta iría acompañado de un descenso de los precios que anule en todo o en
parte el aumento del valor exportado, o que aun lo sobrepase.
— Permítanos una
interrupción. Quienes recomiendan la devaluación sugieren un impuesto a la
exportación de los bienes competitivos, a fin de evitar este efecto adverso;
pero los bienes no competitivos se verían favorecidos por la devaluación.
— Reflexionen, sin
embargo, en que el impuesto no sería consecuencia espontánea del juego del
mercado, sino una acción deliberada del Estado. Sería una protección al revés,
por decirlo así. Continúo con mis objeciones.
La devaluación
significa modificar todo el sistema interno de costos y precios; por el
contrario, la protección tendría efectos internos mucho más limitados, tanto
más cuanto menor fuere el coeficiente de comercio exterior con respecto al
producto global de la economía.
Finalmente, ese
trastorno de costos y precios se traduce en el alza general de los precios, y
trae consigo la necesidad de una serie de reajustes que, a la larga, impondrán
una nueva devaluación, porque se habrán perdido aquellos efectos momentáneos a
los que me refería.
— Usted se opone
entonces a las devaluaciones.
— Aclaremos. Me
opongo a este tipo de devaluaciones, y prefiero sin vacilación la protección o
el subsidio equivalente, siempre que sean moderados y no abusivos, como sucede
con frecuencia.
Pero no me opongo a
las devaluaciones, por el contrario, las considero absolutamente necesarias,
cuando se trata de ajustar el valor externo de ]a moneda a un aumento
inflacionario de precios internos que excede a los precios internacionales. Es
bien sabido que la sobrevaluación provoca serios
desequilibrios, pues frena la exportación y alienta exageradamente la
importación, en desmedro de la producción interna y el empleo.
— Usted ha expresado
antes su preferencia por una industrialización más orientada hacia la
exportación que hacia la sustitución de importaciones. También es esta nuestra
preferencia, como lo dijimos a su tiempo.
— Así es,
efectivamente. Pero que podamos seguir esta preferencia no depende sólo de la
decisión de nuestros países, sino también de la de los países avanzados, y en
gran medida. Dichos países ni han promovido en el pasado la industrialización
de la periferia, ni han favorecido después sus exportaciones industriales.
2. La índole
centrípeta del capitalismo avanzado
— ¿Sostiene usted que
ésta ha sido una actitud intencionada?
— No atribuyo a esos
países un designio maligno, sino que es la consecuencia de la índole centrípeta
del capitalismo avanzado, y es éste un hecho de gran significación, que
conviene subrayar. La industrialización se ha desenvuelto históricamente en
aquellos países y las incesantes innovaciones tecnológicas han provocado allí
un enorme aumento de la productividad. Pero el fruto de esta productividad ha
quedado en los mismos centros, no se ha difundido en la periferia a través de
la disminución de los precios, y como quiera que este fruto se haya distribuido
socialmente ha quedado en los mismos centros, ha acrecentado allí la demanda, y
esta demanda cada vez mayor ha estimulado las innovaciones y el desarrollo
industrial.
Eu el curso de este
proceso centrípeto no pudo haber llegado espontáneamente la industria a la
periferia. Hasta que las crisis de los centros —primera guerra mundial, gran
depresión, segunda guerra mundial— impusieron la industrialización para
sustituir lo que no podía importarse, Por consiguiente, la sustitución no fue
la consecuencia de una preferencia doctrinaria, sino una imposición ineludible
de condiciones exteriores adversas. Y dado que los centros habían avanzado
considerablemente en su técnica y en su acumulación de capital, la periferia
comenzó a industrializarse en franca inferioridad. De ahí los mayores costos
que exigen la protección y el subsidio. Y si bien esta inferioridad se va
corrigiendo en ciertos bienes, aparece en otros debido a las incesantes
innovaciones tecnológicas de los centros.
— Pero después cambió
todo este panorama y fue posible exportar.
— Correcto, sobre
todo durante los largos años de prosperidad de los centros, que se prolongan
hasta mediados de los años setenta. Y hay países latinoamericanos que
aprovecharon estas condiciones favorables y lograron resultados
estupendos. Siguieron una política de subsidios y diversas formas de promoción
de las exportaciones. ¡Violaron las leyes del mercado! Política que aún hoy, en
plena crisis de los centros, sigue dando positivos resultados.
— ¿Cree usted que
habría que extremar los esfuerzos en promover las exportaciones y abandonar la
política de sustitución de importaciones ?
— Se trata de dos
aspectos del mismo problema. Es necesario estimular las exportaciones y, a la
vez, seguir desenvolviendo el mercado interno mediante la sustitución. A mi juicio,
no es concebible que los centros abran sin restricciones sus puertas para
recibir todo la que necesitaríamos exportar, para hacer frente a las crecientes
necesidades de importación que exige el desarrollo.
Por lo demás, ese
asombroso aumento y diversificación de las exportaciones de manufacturas
conseguido, se ha sustentado sobre las industrias creadas gracias a la
sustitución de importaciones.
— Sugiere usted
entonces la combinación de ambas medidas. ¿Pero en qué proporciones deberían
combinarse? ¿Dónde poner el mayor énfasis, en las exportaciones o en la
sustitución?
— Buena pregunta. Yo
creo que ello depende en sumo grado de la actitud de los países avanzados. Bien
saben ustedes que hay en ellos fuertes corrientes proteccionistas favorecidas
por el desempleo, además de sus tendencias centrípetas. Los centros están lejos
de seguir los consejos de Friedman, y no desbaratan
todas las restricciones comerciales que frenan las exportaciones de la
periferia. No se trata solamente de nuevas restricciones, sino de otras muy
importantes que vienen de tiempo atrás, por ejemplo, el escalonamiento de
derechos de aduana. Derechos muy reducidos, o ningún derecho, para las
importaciones de materias primas, y derechos que suben cada vez más según el
grado de elaboración en la periteria.
— No deja de
extrañarnos lo que usted acaba de mencionar, pues creíamos que en la Ronda
Kennedy y en la Ronda Tokio se habían acordado políticas de amplia
liberalización de las importaciones.
— Así es,
efectivamente. Pero esta política concierne especialmente al intercambio de los
centros. Se trata en gran parte de bienes en que se manifiestan las
innovaciones tecnológicas incesantes que en ellos acontecen, de bienes cada vez
más complejos y de elevada densidad de capital. Clara expresión de la
índole centrípeta del capitalismo avanzado. La periferia queda nuevamente en
gran parte marginada, como antes había quedado al margen de la
industrialización.
Y por el contrario,
no ha llegado la liberalización a los bienes manufacturados de menor
complejidad técnica que la periferia ha aprendido o está aprendiendo a
exportar. Si llegara esta liberalización, sería de enorme ventaja para nuestro
desarrollo y también para los centros, pues importaríamos más de ellos,
con las consiguientes ventajas de una división racional del trabajo.
Y aquí tienen ustedes
la respuesta a su anterior pregunta. La combinación racional de medidas de
exportación y sustitución de importaciones depede
fundamentalmente del grado de liberalización de los centros. Estos años no son
favorables debido a la crisis de éstos, pero sería un grave error debilitar el
esfuerzo exportador y cejar en la lucha para conseguir que los centros cambien
su política restrictiva.
— Si le hemos
comprendido bien, ¿cuanto más restrictivos sean los centros, tanto más la
periferia tendrá que poner el acento en la sustitución?
— Correcto. Pero no
la sustitución en compartimientos estancos, sino en mercados más amplios,
mediante el intercambio recíproco. De la contrario, sería demasiado costoso por
el tipo de bienes que deben sustituirse.
— ¿No le preocupa a
usted este costo? ¿No habría forma de eliminarlo?
— Por supuesto que me
preocupa, tanto como a ustedes. El subsidio a la exportación es un costo, como
también lo es el gravamen a las importaciones. Debe procurarse que sea el menor
posible.
Reflexionen, sin
embargo, que es el costo que hay que pagar en la actual fase del desarrollo
para crecer con más intensidad. Hay en ello una ganancia neta, puesto que la
cuantía del acrecentamiento del producto global de la economía es mucho mayor
que ese costo.
— Acaba usted de
referirse a la fase actual del desarrollo, y esto nos hace pensar que usted
considera este factor como transitorio. ¿Es así?
— Me han interpretado
bien. Por ahora nuestros países no podrían insertarse en el caudaloso
intercambio industrial de los centros. Pero a medida que adquieran capacidad
tecnológica y acumulen más capital, podrían hacerlo progresivamente. Hay que
recorrer ciertas etapas en la industrialización. La política de desarrollo debe
tratar de acelerar el proceso; y, sobre todo, hacerlo sin caer en actitudes
dogmáticas.
— ¿A qué se
refiere usted?
— Precisamente al dogma friedmaniano
contrario al subsidio y la protección. Bajo el imperio de ese dogma se están
desbaratando sólidas industrias en algunos casos, y destruyendo un prolongado
esfuerzo de industrialización.
Termino aquí, por
ahora este diálogo. Porque creo que hay que continuarlo, y contrarrestar la
penetración de ideologías de muy graves consecuencias para el desarrollo
latinoamericano; es una responsabilidad insoslayable. Porque en este caso no se
trata de uno de los tantos episodios de irradiación intelectual de los centros.
Es un claro fenómeno de propagación deliberada. Visitas, entrevistas y conferencias,
con el ferviente apoyo de una dispendiosa y muy bien organiza campaña en los
medios masivos de difusión. Hay en ello algo más, mucho más que un simple celo
apostólico. Es un empeño sistemático por volver hacia atrás, un tremendo
retroceso intelectual, después que habíamos logrado avanzar, con grandes
dificultades, en la interpretación del desarrollo latinoamericano.
Hace más de treinta
años demostramos la falsedad de aquel pretérito esquema de división
internacional del trabajo, al que ahora, con la prédica neoclásica, se
recomienda volver. y en nombre de la libertad económica se justifica el
sacrificio de la libertad política.
¡Comprenda Milton Friedman! ¡Compréndalo también Friedrich
von Hayek! Un proceso
genuino de democratización se estaba abriendo paso en nuestra América Latina,
con grandes dificultades y frecuentes retrasos. Pero su incompatibilidad con el
régimen de acumulación y distribución del ingreso conduce hacia la crisis del
sistema. y la crisis lleva a interrumpir el proceso, a suprimir la libertad
política; condiciones propicias para promover el juego irrestricto de
las leyes del mercado. Tremenda paradoja la de ustedes. Exaltan la libertad
política y los derechos individuales. ¿Pero no advierten que en estas tierras
periféricas la prédica de ustedes sólo puede fructificar suprimiendo esa
libertad y violando esos derechos? Tremenda paradoja y tremenda responsabilidad
histórica. Porque, además de perpetuar y agravar las desigualdades sociales,
las ideologías que ustedes predican conspiran flagrantemente contra el
ineludible empeño de llegar a nuevas formas de entendimiento y articulación
entre el Norte y el Sur. ¡Inconmensurable es el mal que con su dogma están
haciendo!
* Director de la revista de la CEPAL.
[1] Me refiero a Enrico Barone y su libro Principios de Economía.
[2] Milton y Rose Friedman, Free
to Choose. A Personal Statement, Harcourt Brace Jovanovich, Nueva
York y Londres, 1980, pp. 13-14. Si bien hay traducción
española (Libertad de elegir — Hacia un nuevo liberalismo económico, traducción
de Carlos Rocha Pujol, Barcelona, Grijalbo, 1980)
seguimos la versión original, a la cual remiten las citas.
[3] Ibídem, p. 14.
[4] Ibídem, p. 23.
[5] Secretario Ejecutivo
Adjunto de la CEPAL.
[6] Capitalismo periférico. Crisis y transformación. México, Fondo de
Cultura Económica. 1981.
[7] Milton y Rose Friedman,
op. cit., pp.
233 y 244.
[8] Estudios Públicos, No. 1, diciembre de 1981
(Santiago de Chile).
[9] Friedrich von Hayek, op. cit.,
pp. 31 y 32.
[10] Ibídem, pp. 25 y 26.
(Subrayado en el original).
[11] Ibídem, p, 6,5.
[12] Ibídem, pp. 72 y 73.
[13] Ibídem, p. 73.
[14] Ibídem, p.
74.
[15] Ibídem, p.
58.
[16] Ibídem, p.
75.
[17] Milton y Rose Friedman, op.
cit., pp. 41-43.