Los nuevos pactos
comerciales traicionan a los socios más pobres
Joseph E. Stiglitz
Tomado de The New York Times, 10 de julio de
2004, Traducción de Alberto Supelano, asupelan@etb.net.co
El mes pasado, Estados Unidos y Marruecos firmaron un nuevo tratado de comercio bilateral. La administración Bush se jacta de que este tratado es un ejemplo de que las políticas económicas pueden crear nuevos lazos y nuevas amistades alrededor del mundo. Esto es especialmente importante en el Medio Oriente, donde la política exterior de Estados Unidos parece haber dejado mucho que desear en otros respectos. La cooperación con los gobiernos árabes moderados se propone demostrar nuestra amplitud mental, nuestra disposición a ofrecer una zanahoria (en vez del garrote proverbial) a quienes se comportan de manera razonable.
Pero, lamentablemente, en la negociación de los
tratados de comercio con Marruecos, Chile y otros países, la administración
Bush ha usado el mismo enfoque que nos ganó la enemistad de gran parte del
resto del mundo. Los tratados bilaterales revelan una política económica
dictada más por intereses especiales que por el interés en el bienestar de
nuestros socios comerciales más pobres. En Marruecos, las perspectivas del
tratado comercial fueron saludadas con protestas –un suceso inusual en un país
que sólo avanza lentamente hacia la democracia. Muchos marroquíes temen que el
nuevo tratado lleve a que las drogas genéricas necesarias en la lucha contra el
sida sean menos asequibles en su país de lo que son en Estados Unidos. De
acuerdo con la Asociación Marroquí de Lucha contra el Sida, el tratado podría
incrementar la duración efectiva de la protección de patentes del período
normal de 20 años a 30 años.
Marruecos no es el único país preocupado por el acceso
a las drogas que salvan la vida. En todos sus tratados bilaterales, Estados
Unidos está usando su poderío económico para proteger a los productos de las
compañías farmacéuticas contra la competencia de los productos genéricos. Para
un país como Tailandia, que enfrenta una verdadera amenaza de sida, estos no
son temas de mero interés académico.
La política del Presidente Bush en esta área parece
confusa e hipócrita. Mientras habla de una campaña global contra el sida, y
ofrece sumas sustanciosas para apoyarla, quita con una mano lo que da con la
otra. Creo que la mayoría de los estadounidenses apoyaría un mayor acceso a las
drogas genéricas que salvan la vida. La pérdida para las compañías farmacéuticas
sería pequeña, y muy seguramente se reduciría mediante los enormes alivios
tributarios que reciben.
Los medicamentos no son el única campo de batalla en
el que Estados Unidos usa su poderío económico para favorecer intereses
particulares. El tratado con Chile limitó su capacidad para restringir el
ingreso de dinero especulativo, de dinero caliente que puede entrar y salir de
un país en un instante. Chile había reconocido los potenciales efectos
desestabilizadores de estos movimientos de capital, y había fijado impuestos
moderados a estos flujos. Dichas restricciones le ayudaron a crecer a una
notable tasa del 7% anual a comienzos de los noventa. Debido a que, a
diferencia de muchos de sus vecinos de América Latina, Chile no tenía que
enfrentar los estragos económicos causados por el capital que entra súbitamente
y luego sale rápidamente. Hoy en día, incluso el Fondo Monetario Internacional
reconoce que la liberalización del mercado de capitales lleva a menudo a más
inestabilidad y no a un crecimiento más rápido.
En las telecomunicaciones, en Marruecos y en otras
partes, también hemos hecho exigencias (por ejemplo, acerca del uso de los
medios de transmisión y de las ventas al por mayor de capacidad de transmisión)
a las que nos opondríamos enérgicamente si alguien nos las quisiera imponer. En opinión del mundo en vías de
desarrollo, la negociación ha sido excesivamente unilateral –con todo el poder
en el lado estadounidense.
Estados Unidos y su representante comercial, Robert
Zoellick, tienen razón en que la política
comercial puede ser un instrumento importante para despertar la buena
voluntad. Pero cuando se dirige como lo ha hecho la administración Bush, puede
ser, y es, una manera de suscitar mala voluntad, sobre todo entre los jóvenes,
que se inquietan porque sus mayores los están vendiendo a descubierto.
Si los tratados comerciales producen los beneficios
económicos prometidos, si la falta de acceso a medicamentos asequibles
(incluidos los medicamentos genéricos) resulta menos problemática de lo que
preocupa a los negativistas, todo se puede perdonar. Pero existe una gran
posibilidad de que eso no suceda: en México, por ejemplo, los salarios reales
disminuyeron durante la década posterior al Tratado de Libre Comercio de
América del Norte. Y mirando hacia el futuro, las exigencias de liberalización
del mercado de capitales tienen grandes posibilidades de exponer la economía
chilena a graves quebrantos, mientras que la epidemia de sida y la necesidad de
medicamentos baratos para combatirla están lejos de desaparecer.
La buena noticia es que el daño ha sido hasta ahora
limitado, porque únicamente hemos podido presionar a algunos países pequeños
para que firmen tratados comerciales bilaterales. La mala noticia es que la
enemistad que estamos despertando con estos pactos sólo aumentará.
Joseph E. Stiglitz, profesor de economía en Columbia y
autor de “Los felices noventa: las semillas de la destrucción”, fue economista
jefe del Banco Mundial de 1997 a 2000. Obtuvo el Premio Nobel de Economía en
2001.