Nadie tiene que ser vil: o Los Buenos Hombres de Porto Davos  

 

Autor: Slavoj Zizek

 

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http://www.lrb.co.uk/v28/n07/zize01_.html

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Desde 2001, Davos y Porto Alegre han surgido como las ciudades mellizas de la globalización. En Davos, refugio suizo exclusivo de esquí, la élite global de directores de empresas, hombres de estado y personalidades mediáticas, se reúnen bajo una fuerte protección policial, intentando convencernos a nosotros (y a sí mismos) de que la globalización es su mejor remedio. En la ciudad sub-tropical brasileña de Porto Alegre, la contra-élite del movimiento antiglobalización se reúne, intentando convencernos a nosotros (y a sí mismos) de que la globalización capitalista no es nuestro destino; que, como dice su eslogan oficial, "otro mundo es posible". Últimamente, sin embargo, las reuniones de Porto Alegre parecen haber perdido su ímpetu, oímos menos y menos de ellas en los últimos años. ¿Dónde fueron las brillantes estrellas de Porto Alegre?

 

¡Como mínimo algunas de ellas se fueron a Davos! Es decir, más y más, el tono predominante de las reuniones de Davos viene del grupo de empresarios que el periodista francés Oliviar Malnuit menciona irónicamente como los "comunistas liberales" (esto es, "liberal" en el sentido europeo de pro-mercado) que no aceptan ya la oposición entre "Davos" (capitalismo global) y "Porto Alegre" (los nuevos movimientos sociales y su alternativa al capitalismo global). Afirman que podemos tener la torta global capitalista (prosperar como empresarios con beneficios) y a la vez comérnosla (apoyar las causas anticapitalistas de responsabilidad social, preocupaciones ecológicas, etcétera). No se necesita Porto Alegre, dicen, ya que Davos en sí puede convertirse en Porto Davos.

 

¿Y quiénes son estos comunistas liberales? La banda de los sospechosos habituales: Bill Gates y George Soros, los CEOs de Google, IBM, Intel, eBay, así como filósofos de la corte como Thomas Friedman. Lo que hace interesante la ideología de este grupo es que se está volviendo indistinguible de la de Antonio Negrí, quien ha alabado el capitalismo digital postmoderno; el cual, según Negrí, se está convirtiendo en algo imposible de distinguir del comunismo. Según los cálculos de Negrí, ambas vieja Derecha -con sus ridículas creencias en la autoridad, el órden y el patriotismo parroquial- y vieja Izquierda -con su gran Lucha contra el Capitalismo- son los auténticos conservadores de hoy, totalmente fuera de onda de las nuevas realidades cuando combaten en sus teatros de sombras. El significante propio de esta nueva realidad, la neolingua del liberal comunista es "listo". Listo significa dinámico y nómada en oposición a la burocracia centralizada; diálogo y cooperación contra la autoridad central; flexibilidad contra la rutina; cultura y conocimiento contra la vieja producción industrial; e interacción espontánea contra las jerarquías fijadas.

 

Bill Gates -magnate del software y filántropo-, es el icono de lo que llamó "capitalismo sin fricción", la sociedad post-industrial, y el "fin del trabajo", en que el software está venciendo al hardware y  el joven nerd al gerente con traje oscuro. En el nuevo cuartel general de la compañía, hay poca disciplina externa, y los (ex)hackers dominan el terreno, con largas jornadas y disfrutando de bebidas gratis en entornos de verdes y pulidos prados. La noción subyacente aquí es que Gates es un hooligan subversivo y marginal que ha tomado el control y se viste como un directivo respetable.

 

Los comunistas liberales son grandes ejecutivos reformando el espíritu de la lucha, o por decirlo de otra forma, individuos contraculturales que tomaron el control de las grandes corporaciones. Su dogma es una versión nueva, postmodernizada, de la mano invisible de Adam Smith: el mercado y la responsabilidad social no son opuestos, pueden utilizarse juntos para un beneficio mutuo. Como dice Friedman no es necesario ser vil para hacer negocios actualmente, la colaboración con los empleados, el dialogo con los clientes, el respeto por el medio ambiente, y la transparencia en los contratos- estas son las llaves del éxito. Olivier Malnuit elaboro recientemente el decálogo del comunista liberal publicados en la revista francesa Technikart:

 

1. Darás todo gratuitamente (código libre, sin derechos de autor): cobrarás tan sólo los servicios adicionales que te harán rico.

2. Cambiarás el mundo, no solo venderás mercancías.

3. Compartirás, consciente de tu responsabilidad social.

4. Serás creativo, te centrarás en el diseño, las nuevas tecnologías y la ciencia.

5. Lo dirás todo: no tendrás secretos, apoyarás y practicarás el culto a la transparencia y al libre flujo de información; toda la humanidad debe colaborar e interactuar.

6. No trabajarás: no tendrás empleo fijo de 9 a 5, pero te dedicarás a la comunicación inteligente, dinámica, y flexible.

7. Volverás a la escuela: te comprometerás con la educación permanente.

8. Actuarás como una enzima: no sólo trabajarás para el mercado, sino como un catalizador de nuevas formas de colaboración social.

9. Morirás pobre: devolverás tu riqueza a quienes la necesitan, puesto que tienes más de lo que puedes gastar.

10. Serás el Estado: las compañías deben asociarse con el Estado.

 

Los comunistas liberales son pragmáticos, odian la ideología. Hoy no existe una clase trabajadora explotada, sólo problemas concretos por resolver: el hambre en África, la situación de las mujeres musulmanas o la violencia religiosa fundamentalista. Cuando hay una crisis humanitaria en África (los comunistas liberales aman las crisis humanitarias, ¡sacan lo mejor de ellos!), en vez de emplear una retórica anti-imperialista, consideran que debemos unirnos y trabajar de la mejor manera para resolver el problema: “contratar” a la gente, a los gobiernos y a los negocios en una empresa común, empezar a mover las cosas en vez de confiar en el que Estado centralizado ayude, enfocar la crisis de manera creativa y no convencional, y no preocuparse por las etiquetas.

 

 

Los comunistas liberales también aman el Mayo del 68. ¡Qué explosión de energía juvenil y de creatividad! ¡Cómo hizo temblar los confines de un orden burocrático anquilosado! ¡Qué ímpetu le dio a la vida económica y social después de que desaparecieran las ilusiones políticas! Los que ya tenían edad protestaban en las calles: y aunque han cambiado desde entonces, han cambiado para cambiar el mundo, para revolucionar nuestras vidas. ¿No dijo Marx que todas las revueltas políticas palidecieron en comparación con la invención de la máquina de vapor en cuanto a la forma en que cambió nuestras vidas? ¿Y no diría Marx hoy: qué son todas esas protestas contra el capitalismo comparadas con el Internet?

 

Por encima de todo, los comunistas liberales se ven a sí mismos como verdaderos ciudadanos del mundo, buena gente que se preocupa. Se preocupan por los fundamentalistas populistas y las corporaciones codiciosas e irresponsables. Ven las "causas profundas" de los problemas de hoy: la masiva pobreza y la falta de esperanza, que engendra el terror fundamentalista. Así que su objetivo no es ganar dinero, sino cambiar el mundo (y de esta manera, como un producto colateral, ganar más dinero todavía). Bill Gates ya es el mas grande benefactor en la historia de la humanidad, demostrando su amor por el prójimo regalando miles de millones de dólares para la educación, en la lucha contra el hambre, la malaria, etc.

 

El truco, por supuesto, es que para poder dárselo a la comunidad primero lo tienes que tomar (o como ellos dicen, crearlo). El fundamento de los comunistas liberales es que, para poder ayudar realmente a la gente, tienes que tener los medios para hacerlo. Y como la experiencia nos enseña, esa experiencia del fallo lúgubre de todos los estados centralizados y las aproximaciones colectivistas, la iniciativa privada es de lejos la forma más eficiente. Así que el Estado al querer regular sus negocios o ponerles demasiados impuestos, está de hecho socavando su objetivo oficial (hacer mejor la vida para la gran mayoría, ayudar a aquellos que lo necesitan).

 

Los comunistas liberales no quieren ser sólo máquinas de generar beneficios: quieren que sus vidas tengan un significado más profundo. Están en contra de las viejas religiones y a favor de una espiritualidad sin confesión (¡todo el mundo sabe que el Budismo presagió las ciencias de la mente, que el poder de la meditación puede medirse científicamente!). Su consigna preferida es la responsabilidad social y la gratitud: son los primeros en admitir que la sociedad fue increíblemente buena con ellos dejándoles desplegar su talento y amasar riquezas. Y después de todo, ¿cuál es el objetivo del éxito si no es ayudar a la gente?

 

Sin embargo, ¿hay algo nuevo en todo esto? ¿Qué hay del viejo Andrew Carnegie, que empleaba un ejército privado para suprimir brutalmente el trabajo sindicado y después distribuía una gran parte de su fortuna para causas educativas, artísticas y humanitarias, probando que, aunque fuera un hombre de hierro, tenía un corazón de oro? Del mismo modo, los comunistas liberales de hoy en día dan con una mano lo que antes quitaron con la otra.

 

Existe un chocolate-laxante de venta en los anaqueles americanos, que se publicita con la siguiente paradoja: Tiene estreñimiento? Cómase este chocolate! Es decir, coma más de algo que lo estreñirá mas. La estructura de este laxante de chocolate puede esclarecerse completamente con el paisaje ideológico actual; es lo mismo que hace una figura como Soros tan éticamente problemático. El es el símbolo de la explotación financiera más brutal combinado con su contra, su laxante: preocupación humanitaria frente a las consecuencias sociales catastróficas del salvaje libre mercado. Su rutina diaria es una mentira personificada: la mitad de su tiempo de trabajo lo pasa dedicado a especulaciones financieras y la otra mitad a actividades “humanitarias” (financiando actividades culturales y democráticas en los países post-Comunistas, subvencionando el movimiento en EEUU para obtener dinero público a través de elecciones privadas, acuñando términos peyorativos como "fundamentalistas del libre mercado", escribiendo ensayos y libros), que finalmente combaten los efectos de sus propias especulaciones. De forma parecida, las dos caras de Bill Gates: un cruel hombre de negocios que destruye o compra a sus competidores y busca un monopolio virtual, usando todas las trampas sucias posibles para obtener sus propósitos... y el mayor filántropo en la historia de la humanidad que se complace en decir: “De que sirve un computador, si la persona no tiene suficiente para comer?”.

 

 

En la ética del comunista liberal, la persecución despiadada del beneficio se contrarresta a través de la caridad: esta es hoy la máscara humanitaria que se esconde tras la explotación económica subyacente. En un chantaje de proporciones gigantescas, los países desarrollados están "ayudando" constantemente a los no desarrollados (créditos, ayudas, etcétera), evitando por tanto la cuestión central; es decir, su complicidad y co-responsabilidad por la situación miserable de los del Tercer Mundo.

 

Y lo mismo sucede con la oposición entre las aproximaciones "lista" y “torpe". Aquí la noción clave es la subcontratación. Subcontratando, exportas el (necesario) lado oscuro de la producción; salarios bajos, prácticas laborales duras y contaminación, a lugares “torpes" en el Tercer Mundo (o lugares invisibles dentro del propio Primer Mundo). El sueño definitivo de los comunistas liberales es  exportar a la clase trabajadora en su totalidad a las maquilas  explotadoras e invisibles del Tercer Mundo.

 

 

La filósofa marxista francesa Etienne Balibar, en su libro La Crainte des masses( Temor de las masas) (1997) distingue las dos formas opuestas pero complementarias de violencia excesiva en el mundo de hoy: la violencia objetiva "estructural" que es inherente a las condiciones sociales del capitalismo global (es decir, la creación "automática" de individuos excluidos y dispensables, los desempleados, los desechables, los que no tienen seguro, los sin techo), y la violencia subjetiva de los nuevos fundamentalismos étnicos y/o religiosos(resumiendo fachistas). Puede que combatan la violencia subjetiva, pero los comunistas liberales son en sí los agentes de la violencia estructural que crea las condiciones para tales explosiones de violencia subjetiva. El mismo Soros que regala millones a fundaciones educativas, es quien ha arruinado la vida de millones gracias a sus especulaciones financieras y de paso creando las condiciones de la intolerancia que luego denuncia.

 

 

No nos hagamos ilusiones: los liberales comunistas son el enemigo de todo movimiento progresista de hoy. Los otros enemigos- fundamentalistas religiosos, terroristas, burocracias corruptas e ineficientes - dependen de circunstancias contingentes locales. Precisamente dado que los comunistas liberales quieren resolver todos estos problemas secundarios respecto al funcionamiento del sistema capitalista global -para hacerlo "carente de fricciones" para sus maquinaciones-, son la personificación directa de lo que hay de erróneo en el sistema. Puede ser necesario entrar en una alianza táctica  con los comunistas liberales al combatir el racismo, el sexismo o el oscurantismo religioso, pero deberíamos recordar: los comunistas liberales son el enemigo de toda lucha progresista hoy en día.

 

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EL ORIGINAL:

 

http://www.lrb.co.uk/v28/n07/zize01_.html

 

Nobody has to be vile

Slavoj Zizek

 

Since 2001, Davos and Porto Alegre have been the twin cities of globalization: Davos, the exclusive Swiss resort where the global elite of managers, statesmen and media personalities meets for the World Economic Forum under heavy police protection, trying to convince us (and themselves) that globalisation is its own best remedy; Porto Alegre, the subtropical Brazilian city where the counter-elite of the anti-globalization movement meets, trying to convince us (and themselves) that capitalist globalization is not our inevitable fate – that, as the official slogan puts it, ‘another world is possible.’ It seems, however, that the Porto Alegre reunions have somehow lost their impetus – we have heard less and less about them over the past couple of years. Where did the bright stars of Porto Alegre go?

 

Some of them, at least, moved to Davos. The tone of the Davos meetings is now predominantly set by the group of entrepreneurs who ironically refer to themselves as ‘liberal communists’ and who no longer accept the opposition between Davos and Porto Alegre: their claim is that we can have the global capitalist cake (thrive as entrepreneurs) and eat it (endorse the anti-capitalist causes of social responsibility, ecological concern etc). There is no need for Porto Alegre: instead, Davos can become Porto Davos.

 

So who are these liberal communists? The usual suspects: Bill Gates and George Soros, the CEOs of Google, IBM, Intel, eBay, as well as court-philosophers like Thomas Friedman. The true conservatives today, they argue, are not only the old right, with its ridiculous belief in authority, order and parochial patriotism, but also the old left, with its war against capitalism: both fight their shadow-theatre battles in disregard of the new realities. The signifier of this new reality in the liberal communist Newspeak is ‘smart’. Being smart means being dynamic and nomadic, and against centralized bureaucracy; believing in dialogue and co-operation as against central authority; in flexibility as against routine; culture and knowledge as against industrial production; in spontaneous interaction and autopoiesis as against fixed hierarchy.

 

Bill Gates is the icon of what he has called ‘frictionless capitalism’, the post-industrial society and the ‘end of labour’. Software is winning over hardware and the young nerd over the old manager in his black suit. In the new company headquarters, there is little external discipline; former hackers dominate the scene, working long hours, enjoying free drinks in green surroundings. The underlying notion here is that Gates is a subversive marginal hooligan, an ex-hacker, who has taken over and dressed himself up as a respectable chairman.

 

Liberal communists are top executives reviving the spirit of contest or, to put it the other way round, countercultural geeks who have taken over big corporations. Their dogma is a new, postmodernised version of Adam Smith’s invisible hand: the market and social responsibility are not opposites, but can be reunited for mutual benefit. As Friedman puts it, nobody has to be vile in order to do business these days; collaboration with employees, dialogue with customers, respect for the environment, transparency of deals – these are the keys to success. Olivier Malnuit recently drew up the liberal communist’s ten commandments in the French magazine Technikart:

 

1. You shall give everything away free (free access, no copyright); just charge for the additional services, which will make you rich.

 

2. You shall change the world, not just sell things.

 

3. You shall be sharing, aware of social responsibility.

 

4. You shall be creative: focus on design, new technologies and science.

 

5. You shall tell all: have no secrets, endorse and practise the cult of transparency and the free flow of information; all humanity should collaborate and interact.

 

6. You shall not work: have no fixed 9 to 5 job, but engage in smart, dynamic, flexible communication.

 

7. You shall return to school: engage in permanent education.

 

8. You shall act as an enzyme: work not only for the market, but trigger new forms of social collaboration.

 

9. You shall die poor: return your wealth to those who need it, since you have more than you can ever spend.

 

10. You shall be the state: companies should be in partnership with the state.

 

Liberal communists are pragmatic; they hate a doctrinaire approach. There is no exploited working class today, only concrete problems to be solved: starvation in Africa, the plight of Muslim women, religious fundamentalist violence. When there is a humanitarian crisis in Africa (liberal communists love a humanitarian crisis; it brings out the best in them), instead of engaging in anti-imperialist rhetoric, we should get together and work out the best way of solving the problem, engage people, governments and business in a common enterprise, start moving things instead of relying on centralised state help, approach the crisis in a creative and unconventional way.

 

Liberal communists like to point out that the decision of some large international corporations to ignore apartheid rules within their companies was as important as the direct political struggle against apartheid in South Africa. Abolishing segregation within the company, paying blacks and whites the same salary for the same job etc: this was a perfect instance of the overlap between the struggle for political freedom and business interests, since the same companies can now thrive in post-apartheid South Africa.

 

Liberal communists love May 1968. What an explosion of youthful energy and creativity! How it shattered the bureaucratic order! What an impetus it gave to economic and social life after the political illusions dropped away! Those who were old enough were themselves protesting and fighting on the streets: now they have changed in order to change the world, to revolutionise our lives for real. Didn’t Marx say that all political upheavals were unimportant compared to the invention of the steam engine? And would Marx not have said today: what are all the protests against global capitalism in comparison with the internet?

 

Above all, liberal communists are true citizens of the world – good people who worry. They worry about populist fundamentalism and irresponsible greedy capitalist corporations. They see the ‘deeper causes’ of today’s problems: mass poverty and hopelessness breed fundamentalist terror. Their goal is not to earn money, but to change the world (and, as a by-product, make even more money). Bill Gates is already the single greatest benefactor in the history of humanity, displaying his love for his neighbors by giving hundreds of millions of dollars for education, the fight against hunger and malaria etc. The catch is that before you can give all this away you have to take it (or, as the liberal communists would put it, create it). In order to help people, the justification goes, you must have the means to do so, and experience – that is, recognition of the dismal failure of all centralised statist and collectivist approaches – teaches us that private enterprise is by far the most effective way. By regulating their business, taxing them excessively, the state is undermining the official goal of its own activity (to make life better for the majority, to help those in need).

 

Liberal communists do not want to be mere profit-machines: they want their lives to have deeper meaning. They are against old-fashioned religion and for spirituality, for non-confessional meditation (everybody knows that Buddhism foreshadows brain science, that the power of meditation can be measured scientifically). Their motto is social responsibility and gratitude: they are the first to admit that society has been incredibly good to them, allowing them to deploy their talents and amass wealth, so they feel that it is their duty to give something back to society and help people. This beneficence is what makes business success worthwhile.

 

This isn’t an entirely new phenomenon. Remember Andrew Carnegie, who employed a private army to suppress organised labour in his steelworks and then distributed large parts of his wealth for educational, cultural and humanitarian causes, proving that, although a man of steel, he had a heart of gold? In the same way, today’s liberal communists give away with one hand what they grabbed with the other.

 

There is a chocolate-flavoured laxative available on the shelves of US stores which is publicised with the paradoxical injunction: Do you have constipation? Eat more of this chocolate! – i.e. eat more of something that itself causes constipation. The structure of the chocolate laxative can be discerned throughout today’s ideological landscape; it is what makes a figure like Soros so objectionable. He stands for ruthless financial exploitation combined with its counter-agent, humanitarian worry about the catastrophic social consequences of the unbridled market economy. Soros’s daily routine is a lie embodied: half of his working time is devoted to financial speculation, the other half to ‘humanitarian’ activities (financing cultural and democratic activities in post-Communist countries, writing essays and books) which work against the effects of his own speculations. The two faces of Bill Gates are exactly like the two faces of Soros: on the one hand, a cruel businessman, destroying or buying out competitors, aiming at a virtual monopoly; on the other, the great philanthropist who makes a point of saying: ‘What does it serve to have computers if people do not have enough to eat?’

 

According to liberal communist ethics, the ruthless pursuit of profit is counteracted by charity: charity is part of the game, a humanitarian mask hiding the underlying economic exploitation. Developed countries are constantly ‘helping’ undeveloped ones (with aid, credits etc), and so avoiding the key issue: their complicity in and responsibility for the miserable situation of the Third World. As for the opposition between ‘smart’ and ‘non-smart’, outsourcing is the key notion. You export the (necessary) dark side of production – disciplined, hierarchical labour, ecological pollution – to ‘non-smart’ Third World locations (or invisible ones in the First World). The ultimate liberal communist dream is to export the entire working class to invisible Third World sweat shops.

 

We should have no illusions: liberal communists are the enemy of every true progressive struggle today. All other enemies – religious fundamentalists, terrorists, corrupt and inefficient state bureaucracies – depend on contingent local circumstances. Precisely because they want to resolve all these secondary malfunctions of the global system, liberal communists are the direct embodiment of what is wrong with the system. It may be necessary to enter into tactical alliances with liberal communists in order to fight racism, sexism and religious obscurantism, but it’s important to remember exactly what they are up to.

 

Etienne Balibar, in La Crainte des masses (1997), distinguishes the two opposite but complementary modes of excessive violence in today’s capitalism: the objective (structural) violence that is inherent in the social conditions of global capitalism (the automatic creation of excluded and dispensable individuals, from the homeless to the unemployed), and the subjective violence of newly emerging ethnic and/or religious (in short: racist) fundamentalisms. They may fight subjective violence, but liberal communists are the agents of the structural violence that creates the conditions for explosions of subjective violence. The same Soros who gives millions to fund education has ruined the lives of thousands thanks to his financial speculations and in doing so created the conditions for the rise of the intolerance he denounces.

 

Slavoj Zizek, a philosopher and a (Lacanian) psychoanalyst, is international director of the Centre for Advanced Studies in the Humanities at Birkbeck. The Parallax View, his latest attempt to rehabilitate dialectical materialism, comes out in April 2006.